Una relación de ayuda es “toda relación en la que al menos una de las partes intenta promover en el otro el crecimiento, el desarrollo, la maduración y la capacidad de funcionar mejor”. La persona que ayuda tiene la capacidad, en ese momento, de intentar promover un mejor funcionamiento de la otra persona en determinados aspectos de su vida.

Tradicionalmente, hemos tendido a ofrecer ayuda desde una perspectiva debilitante. La persona que ofrecía la ayuda se situaba en una posición de superioridad frente a la persona demandante de ayuda, estableciendo una relación vertical en la que el “ayudado” debía obedecer, sin cuestionar, las recomendaciones del experto.

Esta postura resituaba a la persona demandante de ayuda en una posición de debilidad, falta, incapacidad… Le separaba de su vida y su ser para orientarle a funcionar desde el “deber” impuesto por otra persona, invalidando su propio camino, sus propias soluciones. Esto conlleva a una desintegración mayor de la persona.

Para evitar esta debilitación tradicional, la relación de ayuda ha de ser dirigida por la persona que necesita la ayuda para que se produzca la mejora que necesita.

El acompañamiento de la persona que ayuda ha de ser no directivo, pues la directividad por parte de quien ayuda debilita a la persona que recibe la ayuda, ya que transmite el mensaje de que no es capaz de hacer su proceso sin la dirección de otro.

Cuando la persona que solicita la ayuda dirige su proceso, acompañado por quien le ayuda, es cuando se va a producir un proceso de desarrollo real, empoderante y coherente. El proceso será integrador, la persona, a través de la experiencia de acompañamiento aceptante irá encontrando sus propias soluciones, en su proceso genuino y único, sintiéndose capaz y asociada a sí misma, autoaceptada.

Acompañar a la persona desde sí requiere de atención constante sobre la demanda de ésta. Se acompaña desde lo que la persona expresa que necesita y desde el proceso que la persona acompañada va haciendo. Sin juicios, sin órdenes, sin consejos… La escucha activa y la expresión de aceptación incondicional por partes de la persona que ayuda son la basa de la ayuda.

En el trabajo de asesoras acompañantes de maternidad, la escucha activa, el espacio libre de juicios y la aceptación incondicional es esencial para ayudar a las madres en su desarrollo personal, la toma de conciencia en su propia maternidad y el empoderamiento en la crianza.

La labor de consultoría también es importante en el trabajo de asesoras acompañantes de maternidad. En ocasiones, la relación de ayuda va a requerir el ofrecimiento de información a la solicitante de ayuda.

En estos casos, es importante mantener el clima de aceptación y libre de juicios, ofreciendo al información de manera descriptiva, lo más neutralmente posible, sin caer en el tono de consejo, orden o pauta inflexible.

Se trata de ofrecer la información que la persona que ofrece la ayuda considera más veraz y adecuada, permitiendo y fomentando que la persona demandante de ayuda utilice libremente dicha información que ha recibido.

Así pues, la perspectiva de la persona que ayuda ha de ser de horizontalidad en la relación, trabajando sobre una comprensión empática de la persona a la que acompaña, evitando la relación basada en el juicio y la directividad.

Este cambio de perspectiva en el acompañamiento a mujeres (y a mujeres madres) es un aspecto a trabajar de manera continua por parte de las profesionales dedicadas al acompañamiento y asesoramiento materno. En la formación Maternidad Feliz, Crianza Respetada, éste es uno de los temas que se trabajan de manera continua con las alumnas, como capacidad esencial de las asesoras acompañantes.

Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa. Crecimiento personal. Acompañamiento en momentos de cambio y crisis.
Asesoramiento. Terapia.
Formación de expertas.
Col. Núm. M26931
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