Seguramente todas hemos perdido los nervios alguna vez con nuestros hijos. Los hemos gritado o tratado agresivamente.

Cuando perdemos las formas pacíficas y respetuosas con personas que nos importan, suelen surgir después sentimientos de culpa y arrepentimiento.

La culpa nace del juicio negativo que hago sobre mí misma. Me desdoblo en el papel de la jueza y la juzgada, emitiendo una valoración sobre mí misma desde mí misma.

Estos juicios pueden ser tremendamente duros, incluso aplastantes, cuando los hacemos sobre nosotras mismas.

Muchas veces emitimos juicios completamente despiadados sobre nosotras mismas cuando perdemos los papeles con nuestros hijos, no les tratamos con respeto o, incluso, somos agresivas.

Realmente, la toma de conciencia de que esta pérdida de respeto en la relación es injusta y destructiva es fundamental porque nos conduce a rechazarla y a tratar de evitarla en el futuro.

Sin embargo, el juicio sobre una misma, cuando se hace en términos absolutos puede conducirnos a sentimientos de culpa, frustración e indefensión que nos depriman de manera que nos obstaculicen la motivación para un cambio en nuestra actuación.

El juicio absoluto (“soy una mala madre”, por ejemplo), puede llevarnos a una sensación de impotencia para el cambio, pues si llegamos a identificarnos con esa etiqueta autoimpuesta, será muy difícil romper con el peso de la misma para lograr un cambio de actitud.

Si yo me juzgo como mala madre, o madre incapaz de respetar, genero en mí un estado de ánimo de frustración y baja moral que me dificulta encontrar la fuerza del cambio.

Por ello, en estos casos es importante tomar distancia y observar el juicio, ser conscientes de él y tratar de adoptar una mirada más compasiva con nosotras mismas.

El haber tenido una interacción agresiva en la relación no termina con la relación, es una parte del proceso que hemos de atender, de dar acogida y de tomar en cuenta para que la relación continúe, tomando esta interacción como acontecimiento que dé opción al acercamiento, a conocernos más, a hablar de nuestros sentimientos, a escuchar y acoger los sentimientos del otro.

Ante este tipo de situaciones, me parece imprescindible que tengamos en cuenta una realidad de la esencia de la persona que muchas veces no contemplamos y es que toda persona es imperfecta, todas lo somos, cometemos errores, nos equivocamos, y esto sucede también en las relaciones con los hijos.

No somos perfectas, pero esto no nos convierte en malas personas, en malas madres. Reconocer que no somos perfectas en la relación con nuestros hijos puede liberarnos de culpa pero mantiene la responsabilidad.

Me reconozco como ser imperfecto y me miro con compasión, reconociendo también el derecho del otro de ser cuidado y tratado con respeto.

Reflexión inspirada en experiencias compartidas en las reuniones de la formación de expertas en acompañamiento a la maternidad consciente y la crianza respetuosa, Maternidad Feliz – Crianza Respetada. Más info aquí: https://www.psicologiaycrianza.com/maternidad-feliz-crianza-respetada/