La emoción es una reacción psicofisiológica del organismo ante un estímulo externo o interno, mediada por la interpretación personal del individuo a dicha estimulación.

Así, tenemos una reacción psicofisiológica como respuesta a un estímulo que puede ser externo o interno y dicho estímulo es interpretado por la persona que experimenta la emoción, en base a sus experiencias, ideas, creencias, vivencias, expectativas, personalidad

De este modo, el estímulo o situación que incita a la emoción por sí solo no sería suficiente en absoluto para emocionar a la persona, sino que son los filtros personales del individuo los que están mediando en la interpretación del estímulo o situación los que marcan principalmente la vivencia emocional.

Así pues, a partir de un evento interno o externo, la persona realiza (consciente o inconscientemente) una valoración a nivel neurofisiológico, cognitivo y comportamental que marca la reacción emocional de dicha persona.

Esta explicación es interesante por lo importante de tener presente la esencia de los aspectos personales del individuo en la vivencia emocional. Es decir, la vivencia emocional emerge en la persona, amplia, viva, fluida, dinámica, y conectada a todos los demás aspectos del ser (neurofisiológico, cognitivo, experiencial), como parte indisoluble de la persona, inseparable.

Generalmente se conceptualiza la emoción como algo que se produce en la persona pero ajeno a ella. Se atribuye a las situaciones o a otras personas la responsabilidad de cómo nos sentimos.

“Me ha hecho enfadar mucho”, “Me entristece lo que me has hecho”, “Me has hecho avergonzar”…

Atribuimos a los demás o a los acontecimientos la capacidad de manejar cómo nos sentimos, otorgándoles, así, un inmenso poder sobre nosotras y dejándonos a nosotras mismas desempoderadas, debilitadas, al enajenarnos de nuestra propia vivencia emocional.

Buscamos fuera de nosotras el origen o la causa de lo que sentimos, separándonos de nuestro sentimiento, alienándonos de él y quedándonos sin poder sobre nosotras, pues cedemos todo el poder a lo externo a partir de la falsa creencia de que lo que sentimos es una reacción directa a lo que los demás hacen.

Desde esta perspectiva, la vivencia emocional es disociada en la persona que siente y lo que siente, suscitado por algo externo que poco o nada tiene que ver con ella, viéndose así la persona como un ser ajeno a lo que siente.

Sin embargo, desde un enfoque integrador y teniendo en cuenta la importancia de los filtros personales como mediadores indisolubles entre lo externo y el sentimiento, se entendería la vivencia emocional como aspecto esencial de la persona, que emerge en ella íntimamente relacionada con sus aspectos neurofisiológicos, cognitivos, experienciales y actitudinales, centrando el foco de la vivencia en la persona y siendo esta la máxima responsabilidad de lo que siente, pues quedaría una perspectiva unitaria e integrada de la persona que siente y lo que siente.

Desde este enfoque, la persona comprendería lo que siente como algo suyo, asumiendo todo el poder sobre su vivencia emocional, y esto le ayudaría a aceptar profundamente lo que siente, sin tratar de luchar contra sus emociones, censurarlas o juzgarlas, pues la vivencia integrada fomentaría la acogida a lo que emerge en la persona como parte de sí.

Además, la perspectiva integradora que elimina el foco del otro para trasladarlo a la persona que siente, libera al otro del poder de hacer sentir a otras personas, de provocar y manejar los sentimientos de los demás, liberándolo así de la culpabilización. De este modo, la persona recupera su poder personal en lo que a sus emociones se refiere, conecta con ellas de manera más auténtica y, desde esta conexión, puede experimentar vivencias de desarrollo y crecimiento.

Asimismo, cuando dejamos de atribuir a los demás la responsabilidad de lo que sentimos, se reduce enormemente la violencia en las relaciones.

Entendiendo el concepto “violencia” como la voluntad de dañar someter a otras personas, si nos sentimos dueños de nuestros sentimientos, dejamos de atribuir a los demás la capacidad de manejar lo que sentimos y, por tanto, dejamos de sentirnos capaces de manejar los sentimientos de los demás y la voluntad de dañar o someter a otros pierde sentido.

Por el contrario, si creemos que los demás tienen el poder de manejar cómo nos sentimos y, a su vez, nos sentimos capaces de manejar los sentimientos de los demás, las dinámicas violentas en las relaciones cobran sentido en una lucha de someter a quien me hace sentir un sentimiento que no puedo aceptar o me sienta capaz de someter a otro en cuanto a lo que siente.

Esta idea suele generar dudas en las personas, pues podría interpretarse que desde esta óptica se potencia la indulgencia o permisividad ante agresiones o violencia. Sin embargo, la toma de conciencia de que solo yo tengo poder sobre lo que siento no implica que permita malos tratos emocionales por parte de otros, pues el hecho de ser consciente de mi responsabilidad sobre lo que siento me empodera para conectar con mi malestar y poner límites y protegerme de personas o situaciones que vulneran mis derechos o me faltan al respeto.

 

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Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Mujer, Maternidad y Crianza Respetuosa, Desarrollo Personal
Col. Núm. M26931
Consulta, terapia, grupos de apoyo, asesoramiento
Directora de la formación Maternidad Feliz – Crianza Respetada
Petición de información en: info@psicologiaycrianza.com