Tradicionalmente se ha transmitido como valor humano elevado la fortaleza emocional: el no derrumbarse, el poder soportar la presión, el ser impasible a los acontecimientos, el soportar circunstancias duras o agresivas.

Esta visión de la importancia de este valor se ha ido convirtiendo en un imperativo social, moral y psicológico que cobra gran peso dentro de las familias. Así, tradicionalmente se ha venido educando con miras a conseguir personas fuertes. Pero, ¿qué se ha entendido tradicionalmente por «ser una persona fuerte»?

En general, se ha entendido que una persona fuerte es una persona que no siente tristeza, que no siente miedo, que no siente inseguridad, que no siente vergüenza… es decir, que no siente muchos de los sentimientos que son naturalmente humanos.

Partiendo de esta idea, para criar personas fuertes, se ha presionado a muchas niñas y niños a negar sus sentimientos, a ocultarlos, a no permitirnos. Se ha prohibido a niñas y niños a sentirse de determinadas maneras asociadas con la debilidad, se les ha enseñado desde muy pequeños a negarse esos sentimentos: «no tengas miedo», «no vale de nada estar triste», «no hagas ni caso», «no es ara tanto», «tienes que estar bien»…

A través de esta educación represora y castrante emocionalmente, las personas criadas en ella se do necesariamente desconectando de sus sentimientos asociados a la vulnerabilidad. Se los han negado tanto, que los han reprimido casi por completo.

Debido a esta educación emocionalmente represora, las niñas y niños, a medida que van creciendo,  se tienen que poner la máscara de fuertes, autosuficientes, invulnerables… y tienen que abandonar en  la sombra a su parte más humana, mas indefensa, más sensible.

Este proceso va situando a las personas en un lugar de aislamiento emocional en el que no existe el apoyo ni el sostén por parte de otros, porque «la persona fuerte» no es consciente de que lo necesita, ni si quiera sabría cómo pedirlo.

Asimismo, una vez que la persona se ha puesto la máscara de «fuerte» que le impusieron y quedó en el aislamiento emocional, incapaz de conectar con su miedo, su sensación de inseguridad, su ofensa o su pena, es probable que le cueste salir de relaciones tóxicas o abusivas, pues no será capaz de conectar con el dolor que le produce el abuso, habrá perdido la capacidad de pedir ayuda y su rol social de «fuerte» impedirá ver a los demás su vulnerablidad.

Somos una sociedad de «fuertes» muy vulnerables emocionalmete, que no sabemos como encontrar la brújula interna que un día perdimos. Es muy importante que nos trabajemos personalmente para poder educar nuevas generaciones de personas emocionalmente completas, no mutiladas.

Uno de los trabajos esenciales de muchas psicólogas y terapeutas hoy en día se basa en acompañar a las personas en el camino hacia la reconexión con su vulnerabilidad.

En cuanto a las profesionales del acompañamiento a la maternidad consciente o asesoras de maternidad, es importantísimo el acompañar a las familias en educaciones no castrantes, pacíficas y emocionalmente conectadas.

Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Mujer, Maternidad y Crianza Respetuosa, Desarrollo Personal
Col. Núm. M26931
Consulta, terapia, grupos de apoyo, asesoramiento
Directora de la formación Maternidad Feliz – Crianza Respetada. Asesoras de maternidad https://www.psicologiaycrianza.com/maternidad-feliz-crianza-respetada/