Todas queremos a nuestros hijos, todas tenemos bastante claro nuestro amor por ellos pero al mismo tiempo tenemos que cuestionarnos la manera de expresar ese amor.

Debemos plantearnos la manifestación de amor a nuestros hijos teniendo en cuenta la realidad del niño, lo que el niño quiere, lo que necesita y lo que es capaz de hacer. Situar nuestra perspectiva, nuestro punto de vista en la realidad del niño a la hora de relacionarnos con él.

El amor aplastante es ese amor que se expresa sin tener en cuenta al otro. Ese amor que no deja ser, que se apodera de la realidad del otro y que la necesidad del que ama hace que éste pierda de vista lo que el otro necesita. El amor aplastante es el que se basa en “lo hago por tu bien”. Es esa expresión de amor y de cuidado en la que se tiene en cuenta la necesidad del adulto que ama y cuida. Es ese adulto que necesita que el niño esté bien, que no corra ningún riesgo, que no asuma ningún reto, que no se ponga en peligro. Es ese amor que sobreprotege y que no permite al otro desarrollarse.

Desde ese amor aplastante yo ayudo a mi hijo, pero le ayudo en función de mi necesidad. No permito que mi hijo se desarrolle y asuma un reto que es capaz de asumir, o que viva y gestione un fracaso o frustración, o que asuma un riesgo moderado que es capaz de asumir.

Es el amor al niño al que no se le permite correr para que no se caiga. Es el amor al niño al que no le permitimos intentar ponerse los zapatos porque asumimos que no lo va a saber hacer y lo hacemos por él. Es el amor al niño al que “por su bien” le decimos cuánto se tiene que abrigar sin escuchar su necesidad térmica. Es el amor a ese niño al que al final por amor no le permitimos tomar decisiones, asumir riesgos, enfrentarse a retos, ni gestionar frustraciones.

Ése es el amor aplastante y ese tipo de amor genera mucha sensación de incapacidad en el niño.

¿Qué pasa con la ayuda? No se trata de dejar al niño que por su cuenta y riesgo se las ingenie para lograr todo. Tenemos que estar muy pendientes de la realidad del otro y distinguir entre qué retos es capaz de asumir el niño y en qué otras situaciones necesita ser ayudado. Evidentemente se trata de un equilibrio, de mucha observación. Hay que ayudarle en las situaciones en las que no pueda hacerlo solo, pero al mismo tiempo hay que ayudarle a que lo haga él solo. En vez de hacer por él las cosas tenemos que ayudarle a que las haga él con nuestra ayuda.

El niño va a ir asumiendo retos y va a ir desarrollándose acompañado y ayudado, pero no va a ser aplastado. “Como yo no soy capaz, otro lo hace por mí”, es el mensaje que el niño recibe y esto genera muchísima sensación de incompetencia e incapacidad.

Extracto de la formación online Maternidad Feliz – Crianza Respetada