Este fin de semana pasado he tenido la suerte de poder asistir a un curso intensivo maravilloso: Curso de Formación de Monitores de la Pedagogía Blanca: Libertad y Responsabilidad.
El curso estaba dirigido por Mireia Long y Azucena Caballero, dos mujeres excepcionales que, desde el primer momento, nos han sabido transmitir, motivar y emocionar a todos los participantes.
En un ambiente distendido, participativo y afectuoso, Mireia y Azucena nos han transmitido herramientas para poder crear talleres y cursos que nos permitan ayudar a otras personas en la crianza de sus hijos o en su profesión como educadores.
Los contenidos del curso, centrados en la libertad y responsabilidad, han sido muy completos y las estrategias pedagógicas para transmitirlos me han resultado sorprendentes, innovadoras, altamente motivantes y facilitadoras del aprendizaje.
No son los contenidos y las estrategias pedagógicas lo que en este post os quiero contar, pero sí recomendaros que os informéis sobre la formación que ofrecen estas dos mujeres fascinantes (que la mayoría de vosotros ya conocéis), sus cursos presenciales y on-line, sus libros y demás publicaciones.
En realidad, lo que os quiero transmitir en este post es el mensaje, la actitud que yo he percibido y recibido en esta formación y que creo importante reflexionar sobre ello, pues me parece esencial en muchos aspectos de la vida del ser humano, entre otros, en la crianza de los hijos, la relación con pacientes, con alumnos, con la pareja, amigos y familiares.

Un aprendizaje vital

 

La formación de Azucena y Mireia, como os he comentado, me ha transmitido un enfoque que considero esencial en las relaciones humanas.
Estas mujeres consiguen algo muy importante: conectan emocionalmente con las personas con las que están interactuando. A través de la expresión de sus propios estados emocionales consiguen conectar con la emociones de sus interlocutores, facilitando a éstos la expresión de sus propias emociones.
Con esto, generan un ambiente de seguridad y confianza en el grupo, una sensación de bienestar emocional, imprescindible para poder llevar a cabo cualquier tipo de aprendizaje.
Asimismo, la conexión emocional con los demás permite el desarrollo de la empatía de todos los participantes. Desde la propia emoción conseguimos ponernos en el lugar del otro que, a su vez, está compartiendo con nosotros sus propias vivencias.
Además, ellas, como dinamizadoras del grupo, se muestran en todo momento emocionalmente disponibles. El alumno o aprendiz tiene la confianza de poder contar con la guía y el acompañamiento de ellas en todo momento, lo cual le motiva a actuar, a pensar, a expresar… sin miedo a equivocarse.
Además, el trato de estas mujeres hacia el grupo es absolutamente respetuoso con las opiniones, expresiones y sentimientos de los demás. Esto facilita un clima de respeto general en el grupo que facilita la participación activa de los alumnos, aspecto esencial en todo proceso de enseñanza/aprendizaje.
Todos estos aspectos que yo he extraído de la interacción con estas personas a lo largo de los dos días de formación junto a ellas pueden extrapolarse a otros ámbitos de las relaciones humanas, facilitando las relaciones personales, la crianza de los hijos, la interacción con alumnos, pacientes, clientes…
En resumen, gracias a Mireia Long y a Azucena Caballero, que me invitaron al evento, pude recibir una enseñanza más allá de lo pedagógico, una enseñanza de humanidad y respeto, que es la que he querido transmitiros en este post.