¿Te reconoces en la sensación de no llegar a estar nunca plenamente contenta, o plenamente tranquila o plenamente satisfecha?

Muchas mujeres viven en una experiencia constante de sentirse en falta, en carencia. No llegan a estar del todo felices. o del todo tranquilas, o del todo en paz en ningún momento. Siempre queda algún fleco suelto, alguna preocupación, cierto sentimiento de culpa… Siempre hay algo que auto recriminarse o algo que queda por mejorar de sí.

Así, nunca estamos en paz con nosotras mismas porque siempre queda la intranquilidad que genera la percepción de propia carencia. Siempre estamos en la posición de persona insuficiente, que debería mejorar.

Desde esta vivencia, se está siempre en lucha con una misma, en mayor o menor medida. Siempre hay algo que reprocharse o de lo que arrepentirse o avergonzarse.

Y es que es esto lo que la sociedad entera y en las familias se nos transmite desde siempre: somos seres en constante posibilidad de mejora, debemos vivir en el intento permanente de mejorar cada vez. 

Esta perspectiva, que a priori podría parecer motivadora, se convierte en un arma de doble filo que nos pone en una sensación de insuficiencia permanente, de constante inquietud y no aceptación.

De ahí, el amor por una misma se hace difícil, pues la auto percepción basada en la carencia y la falta nos lleva  una crítica muy poco compasiva de una misma. Esto nos pone muchas veces en una posición bastante autodestructiva, pues tratamos de cambiarnos o someternos a nosotras mismas para cubrir esas faltas. 

Sin embargo, la creencia de la necesidad de mejora constante nos vuelve a poner siempre, una y otra vez, en la sensación de estar en falta.

Este es un mecanismo tan largamente interorizado y asimilado, que es muy difícil de eliminar o transformar. Sin embargo, creo que el asumir el compromiso con una misma de  aceptarse, de tratarse bien, de sentirse plena, puede ayudar.

Así pues, se trata de adquirir el compromiso con una misma de permitirse estar bien, de permitrse estar tranquila y plenamente satisfecha sin cuestionarnos si lo merecemos o no, si debemos o no, simplemente nos compremetemos a permitírnoslo porque lo deseamos.

Con esto no pretendo dar a entender que debemos sentirnos bien y plenas todo el tiempo, negando el malestar y la sensación de carencia, sino que nos permitamos, junto con el malestar, también el bienestar; junto con la sensación de carencia, también la plenitud; junto con la inquietud, la quietud…

Y creo que la manera de poder activar en una misma este permiso comienza en el compromiso con una misma de permitir y conectar con la plenitud y el placer sin justificarnos por qué. Simplemente, porque sí.

Mónica Serrano Muñoz