Nadie pone en duda que alimentaría a una persona que tiene hambre o que daría ropa de abrigo a una persona que tiene frío. Nadie cuestiona que ha de intentarse cubrir estas necesidades. De hecho, percibiríamos muy violento el no darle abrigo a alguien con frío o no darle alimento a quien tiene hambre. Es algo que se ve muy claro.

Sin embargo, no sucede lo mismo con el cansancio de las mujeres. La necesidad de permitir descanso a una mujer que está demostrando o expresando que está cansada es algo que sí se cuestiona y se pone en duda.

Especialmente en la maternidad, las mujeres llegamos a estados y situaciones extremas de cansancio durante períodos prolongados de tiempo.

Estamos cansadas y agotadas, y no es un día, ni dos, ni una semana sino que son años acumulando cansancio, sin un período de descanso real, que necesitamos de verdad, sintiéndonos un día tras otro cansadas, y así durante muchos años.

Esto nos pasa a un porcentaje muy alto de mujeres, tanto a las que trabajan remuneradamente, como a las que no se les remuneran sus trabajos. Todas tienen una acumulación de cansancio de la que nadie se hace eco.

No hay conciencia social que reconozca como problema a reflexionar el agotamiento de las mujeres, al menos, para intentar encontrar soluciones a esta situación.

No existe una propuesta política, ni una reflexión conjunta con movilización, mas allá de los movimientos feministas, que estén buscando una solución a ésta realidad de las mujeres, del extremo cansancio al que llegamos a someternos y que no se toma en serio, ni en cuenta, porque no interesa a la sociedad en general.

Hay muchas mujeres que llegan a consulta psicológica, expresando estar siempre irritables, enfadadas, que tienen una percepción de sí mismas muy negativa, muy desconectadas de sí mismas, de su cuerpo, de sus sensaciones. Muy irritables, explotando continuamente.

Son mujeres que están extremadamente cansadas, agotadas. Existe una explotación a las mujeres en los hogares, en las familias, de las que muchas veces no somos conscientes y están muy poco reconocidas.

El cuidado y atención y sostén emocional de los hijos, en la mayoría de los casos, también recae en las mujeres, aunque desarrollen trabajos fuera o dentro de casa, remunerados o no.

En los casos que no haya trabajo remunerado estamos en las mismas, porque la exigencia de lo doméstico es incluso mayor, se le exige más a la mujer.

Entonces nos encontramos con mujeres constantemente de mal humor, irritables, explotando y que se preguntan qué les pasa, qué hay de malo en ellas, por qué se están sintiendo así.

Y es que el cansancio es una amenaza para el cuerpo, se percibe como amenaza, como peligro potencial.

El cuerpo se estresa cuando hay cansancio en el tiempo y estamos en situación de hipervigilancia.

Entonces respondemos y reaccionamos con ira, más probablemente cuando estamos estresadas e hiperactivadas, como es en estas situaciones de cansancio.

Además, la ira es la emoción que surge cuando percibimos peligro potencial o que hay algo que está obstaculizando nuestros objetivos.

En este caso nuestro objetivo es una necesidad primaria y un derecho, es el descanso y está siendo vulnerado constantemente.

Entonces la ira surge como aviso, como señal de alarma: aquí está pasando algo que no te viene bien, ¿eh?

Es la emoción natural en una situación así.

La ira también nos avisa de situaciones de injusticia, surge cuando vivimos situaciones injustas, dañinas.

El cansancio extremo de las mujeres mantenido en el tiempo parte de una situación injusta generalmente, a nivel social, que se refleja a nivel íntimo, familiar y que está pasando dentro del entorno doméstico.

Es una realidad, es el reflejo de una sociedad que no tiene en cuenta a las mujeres, y en la que la salud emocional y física de las mujeres siempre son de importancia secundarias.

Es complicado dar una pauta u orientación en este caso, porque cada familia y cada situación es distinta y única.

Pero quiero transmitir desde esta situación social y estructural que se refleja en la dinámica familiar; que muchas veces también penetra y se refleja en lo personal e individual y derivamos en dinámicas de autoexplotación y falta de descanso.

Nos sometemos nosotras mismas por ese reflejo social introyectado.

Nos sometemos a situaciones completamente desmesuradas de exigencia, de culpabilidad, de autoexplotación.

La transformación de lo estructural, de lo social, no está en nuestra mano únicamente. Y en lo familiar, cada familia tiene su dinámica y su historia y no puedo dar una opinión ni consejo u orientación sin conocerlo, sin conocer bien la situación.

Pero a nivel individual sí tenemos poder cada una de nosotras, de relacionarnos con esta situación. Porque podemos empezar a darnos cuenta de lo violento que es que se nos imposibilite la necesidad de descanso.

Por eso ponía el ejemplo de la alimentación, si existe hambre alimentamos. Sin embargo, se nos niega sistemáticamente el derecho al descanso. Que podamos satisfacer nuestra necesidad primaria de descanso.

Tenemos derecho a descansar, es una necesidad natural y biológica y se nos está siendo negado, de ahí reconocer lo violento de esta situación hacia las mujeres. De ahí comenzar a reconstruir cómo quiero yo relacionarme con mi cansancio y mi necesidad de descansar, a nivel individual, dentro de mi contexto, de mi familia y entorno.

Cada una verá cómo puede gestionarlo con sus circunstancias dinámicas y realidad.

Pero que sí que puedo decir que lo gestionemos desde, primero, el reconocimiento de lo injusto que es a nivel estructural, social y familiar e individual, el negarle el derecho al descanso a una persona o colectivo.

Es esencial ponernos de nuestra parte, mirarnos con compasión, con comprensión con reconocimiento personal a nosotras mismas. Con esa mirada cuidadosa, amable y que nos permita ir gestionando esto de la manera más cuidadosa posible con nosotras mismas, que nos permita reducir la autoexigencia y no dejarnos contagiar de esta violencia social que normalizamos.

Es importante empezar a ponernos en una relación amable, cuidadosa, de lealtad hacia nosotras y de sostén hacia nosotras, ir gestionando las circunstancias de la mejor manera posible para nosotras.

No podemos resolver todas estas injusticias, dinámicas y situaciones tan arraigadas. Pero sí que podemos reconocer lo injusto que es, no normalizarlo y empezar desde ahí a construir una organización lo más amable y compasiva posible, con una misma.

Generalmente este proceso se realiza desde una misma, porque el entorno, normalmente, no acompaña. Porque no está socialmente reconocido y no interesa reconocer el derecho al descanso en los hogares y esferas íntimas, porque supondría que los hombres perdiesen su privilegio, porque ellos sí tienen ese derecho al descanso en el hogar, reconocido y legitimado.

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Mónica Serrano

Psicóloga Humanista

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