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Un límite es una restricción que imponemos a la acción de otra persona. El límite impuesto al niño es una restricción que nosotras establecemos a su acción.

El límite es un muro de contención, una restricción que protege al niño. No es una lección, no quiere enseñar nada, no se pretende que el niño aprenda nada, no da charlas, no moraliza, simplemente es una restricción que define un espacio de movimiento.

El límite delimita un espacio físico y emocional donde el niño puede actuar de modo que esté protegido, seguro y en el que garantizamos la seguridad del niño y de los que están a su alrededor. Pero no es una lección. Con el límite no queremos enseñar nada, los límites forman parte de la necesidad de ofrecer un ambiente relajado, un ambiente donde nos podemos mover estando seguros, y ofrecen estabilidad.

Construimos nuestro espacio vital protegido con esa estructura de límites en la que nos podemos sentir a salvo y ofrecemos también esa sensación de seguridad a nuestros hijos.

Cuando yo delimito dónde está el entorno preparado donde tú te puedes mover con seguridad, donde sé que no te vas a hacer daño, entonces construyo ese espacio relajado y protegido para mí y para los que están dentro de él.

Tenemos que tener muy clara que la expectativa sobre los límites debe ser realista, no por el hecho de que yo establezca el límite el niño no va a intentar quebrantarlo. Puede intentar quebrantarlo y seguiremos transmitiéndolo y estableciéndolo de esa manera clara y concisa.

Los límites no son negociables y no se pueden cambiar porque son restricciones que protegen, que garantizan la seguridad del niño y de los que están a su alrededor, por lo tanto son inflexibles.

 

¿En qué se diferencian los límites de las normas?

Las normas de convivencia se aprenden progresivamente y pueden consensuarse. Nos vamos poniendo de acuerdo, se transforman, se pueden ir cambiando.

La norma es mucho más flexible.

Es necesario estar seguras de que cada límite que pongamos es imprescindible

Tenemos que tener muy claro que cuando queramos poner un límite tenemos que estar seguras de que vale la pena poner ese límite, es decir, los límites deben ser cuidadosamente seleccionados. ¿Qué límites necesito yo establecer en este ambiente para garantizar un ambiente seguro y relajado para todos los que estamos relacionándonos?

Tenemos que estar seguras de que creemos que ese límite es necesario y que vale la pena establecerlo, que vale la pena lo que va a suceder cuando establezcamos el límite, que es, muchas veces, el malestar del niño porque se le ha restringido algo que él deseaba o que quería hacer.

A la hora de poner un límite tenemos que seleccionarlo de manera consciente estando seguras de que para nosotras vale la pena poner ese límite. Si no estamos seguras de que vale la pena, entonces es mejor no establecerlo.

Cuando establecemos un límite es porque estamos completamente seguras de que vale la pena, de que es necesario. Lo vamos a transmitir con esa consistencia o inflexibilidad que el límite requiere para ser efectivo para que el niño lo capte como tal.

 

Si no estamos seguras, vamos a transmitir esa falta de seguridad, de fe en la necesidad del límite, y el niño no lo va a vivir ni a recibir como tal.

Por poner un ejemplo, casi nadie tiene problemas a la hora de poner el límite de no permitir a sus hijos pequeños cruzar la calle ellos solos, o cruzar con el semáforo en rojo, porque la creencia de que es absolutamente necesario establecer ese límite es una creencia firme en la mayor parte de las personas, y a la hora de establecer ese límite estamos tan seguras y creemos tan absolutamente en él que lo transmitimos de la manera en la que el niño comprende la necesidad y la seriedad del asunto.

Sin embargo, hay otras situaciones como, por ejemplo, saltar en los charcos, en las que no suele tenerse tan claro. Cuando yo quiero poner el límite de que mi hijo o mi hija no salte en los charcos pero no estoy completamente segura de que eso sea necesario, no creo firmemente que sea absolutamente importante y necesario que mi hija no salte en los charcos entonces, probablemente, no voy a ser consistente, voy a ser variable, no voy a saber transmitir a mi hija la importancia de no saltar en los charcos porque ni siquiera yo misma creo en ella.

Entonces el límite solamente me va a crear conflictos con la niña que quiere saltar en los charcos y yo que intento no permitírselo, pero no voy a conseguir establecer esa estructura sólida que la proteja.

Tenemos que estar completamente convencidas de que vale la pena ese límite, de que ese límite es necesario para poder transmitirlo de una manera eficaz. Se trata de transmitir: no está permitido usar este camino en este espacio.

Texto tomado del programa Maternidad Feliz, Crianza Respetada.

 

Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Mujer, Maternidad y Crianza Respetuosa, Desarrollo Personal

Col. Núm. M26931
Consulta, terapia, grupos de apoyo, asesoramiento
Petición de información en: info@psicologiaycrianza.com 

Formación anual en maternidad consciente y crianza respetuosa: Maternidad Feliz, Crianza Respetada https://www.psicologiaycrianza.com/maternidad-feliz-crianza-respetada/
 
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