En castellano tenemos un dicho, «Por el interés te quiero, Andrés». Es tan común y generalizado que se establezcan relaciones basadas en la ganancia de una o de ambas partes, diferenciadas de las relaciones basadas en el placer de estar juntos, la conexión a nivel emocional o el apoyo mutuo, que hasta tenemos un dicho popular. 

Cuando hablo de relaciones interesadas, me refiero a relaciones en las que pesa más lo que la otra persona te ofrece que la valía de la persona en sí misma. Es decir, son relaciones que se mantienen porque una parte aporta a la otra algún tipo de recurso, bien o servicio que la otra necesita, y es por esto que la relación se mantiene, dejando en un segundo plano la valoración de la persona simplemente. 

Así pues, en estas relaciones, la persona no importa, no se la tiene en consideración, sólo importa lo que aporta. 

Y son muy frecuentes estas relaciones. Las personas entran en ellas una y otra vez, y no siempre tienen por qué ocupar la misma posición, podemos ser interesantes en unas relaciones e interesados en otras. La cuestión es que la dinámica se genera y repite ampliamente. 

Este tipo de relaciones son muy frecuentes en el mundo laboral y profesional. Muchas personas buscan tener «contactos» para crecer profesionalmente. 

Pero también se producen en otros ámbitos, en la amistad, en las relaciones familiares, en la pareja… Nos encontramos muchas relaciones tóxicas, abusivas, en las que una de las partes está en la relación no porque la otra le importe, sino, únicamente, por lo que la otra le aporta. Es una postura explotadora hacia la otra persona. 

En estas relaciones, las personas explotadas basan su importancia en la relación en lo que aportan, y no en lo que son. 

Así, en estas relaciones hay una cosificación de, al menos, una de las personas implicadas. Hay, al menos una, que queda deshumanizada, valorada por lo que ofrece o aporta, pero invisibilizada como persona. 

La persona deshumanizada, asume y acepta, muchas veces de forma inconsciente, que su valor intrínseco se corresponde con el beneficio que puede aportar al otro en cuanto a bienes materiales o inmateriales, servicios o productos. 

La parte explotadora de la relación, a su vez, asume que es lícito mantener una relación con alguien basada en el beneficio propio más que en el amor o respeto a la persona en sí. 

Esta deshumanización de las relaciones interpersonales parten de una sociedad agresiva en la que el utilitarismo es una máxima tan fuerte que ha llegado a extrapolarse a las personas. 

En una sociedad basada en la ley de la oferta y la demanda, en la superproducción, que iguala bienestar a poder adquisitivo, en la que el consumismo marca el ritmo de la vida como un reloj, ser útil se convierte en un valor humano esencial y llega a tergiversar las relaciones. 

Habiendo sido educadas en base a premios y castigos, siendo aceptadas sólo cuando nos comportábamos de acuerdo con lo que el otro quería, siendo rechazadas si no estábamos acorde con los deseos del otro… es natural que se generen relaciones basadas en el interés. 

Asumimos que valemos en función de lo que aportamos al otro, como puedan ser bienes o sensaciones y valoramos al otro en función de lo que nos aporta. Tenemos el caldo de cultivo perfecto para generar y mantener una relación tóxica que llevará muchísimo sufrimiento asociado. 

Por eso considero que el comenzar a plantearse la valía de la persona por su ser y la nuestra, obviamente, también solo por el hecho de ser, nos puede devolver esa humanidad que hemos perdido en las relaciones, alejarnos del utilitarismo y relacionarnos de manera más coherente con el amor, la simpatía y el respeto. 

Mónica Serrano Muñoz 
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa 
Formación online de expertas en acompañamiento a la maternidad consciente y la crianza respetuosa. Asesoras de maternidad 
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