Los padres y madres muy frecuentemente se enfrentan a situaciones o preguntas de sus hijos comprometidas a las que no saben cómo responder. Una de las opciones que pueden elegir es mentir a sus hijos, ya sea con la idea de protegerles, por pensar que “eso no son cosas de niños”, o simplemente por evitar una situación que les puede resultar angustiosa a los propios padres. 
Pero hay que tener en cuenta que cada vez que mentimos a nuestro hijo, estamos perdiendo parte de la confianza que el niño tendrá en nosotros. Así mismo, dejamos pasar una oportunidad de enseñarle cómo se enfrenta uno a circunstancias incómodas o dolorosas, y a resolver estos problemas hablando y confiando en los demás. 

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Para los niños, y para las relaciones familiares, la mutua confianza es uno de los pilares básicos, y esta confianza se asienta en que todos los miembros de la familia, incluidos los niños, sepan que los demás no les van a mentir. Si el niño confía en que sus padres siempre le van a decir la verdad, será a ellos a quien acuda cuando algo le preocupe o no lo entienda. 
En cambio, si sabe o sospecha que éstos le pueden mentir, lo más probable es que se guarde sus preocupaciones para sí mismo, o las comparta con personas ajenas a la familia, por lo que perdemos la oportunidad de educar a nuestro hijo en los valores que creemos más adecuados, e incluso podemos ser incapaces de protegerle por no saber si le está ocurriendo algo malo.
 
 

 

 
Ante situaciones complicadas, como puede ser una separación conyugal, o la enfermedad de un familiar, siempre hay que decirle la verdad al niño. Los niños, desde muy temprana edad, son capaces de percibir el estado emocional en el que nos encontramos, por lo que aunque le mintamos, sabrá que algo malo está sucediendo. Al mentirle, aunque sea intentando protegerle, le dejamos sólo con su temor y su angustia, y le trasmitimos el mensaje de que hay cosas de las que no se debe hablar. 
En cambio, si le contamos la verdad con un lenguaje que pueda comprender, de manera afectuosa y calmada, y omitiendo detalles escabrosos, le damos la oportunidad de buscar nuestro consuelo, de aclarar sus dudas, y de sentirse seguro y protegido con nosotros.

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También puede suceder que el niño nos haga preguntas sobre temas que a nosotros mismos nos turban o nos angustian, como pueden ser la sexualidad o la muerte. También en estos casos hay que responder con sinceridad, de manera adaptada a la edad y capacidad de comprensión del niño.

 

Si no sabemos responderle en ese momento, se lo podemos decir claramente, y prometerle que pensaremos la respuesta y se la diremos cuando la sepamos. Y por supuesto, las promesas hay que cumplirlas. Cuando hayamos pensado cómo explicárselo, deberemos hacerlo, para que el niño sepa que puede contar con nosotros para resolver sus dudas e inquietudes.
En resumen, no mentir a nuestros hijos nos ayudará a conseguir que confíen en nosotros, a educarlos según nuestros propios valores, y a protegerles, tanto emocional como físicamente, frente a situaciones negativas que puedan sucederles a lo largo de la vida.

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Texto cedido por
Clara Sáinz Cortés (número de colegiada: P-01832), licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, Máster en Terapia de Familia por la Universidad de Sevilla, Especialidad en Psicología Clínica vía PIR por el Hospital Universitario Virgen Macarena (Sevilla). Nueve años de experiencia en psicoterapia infantil y familiar.

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