La ira es una respuesta emocional primaria que se expresa con sentimiento, furia o irritabilidad. Es una respuesta emocional instintiva que está en el repertorio emocional y comportamental de todos los seres humanos.

Se expresa con sentimientos de resentimiento de furia, de irritabilidad. Cuando no se controla, puede afectar negativamente a la persona que la experimenta y que no puede controlarla y a las personas que están a su alrededor. 

En la crianza, la ira nos mueve a gritar a nuestros hijos, a zarandearlos, a interaccionar con ellos con agresividad.

Como toda emoción, la ira tiene funciones de diversa índole. Conocerlas es esencial para comprender por qué nos comportamos de cierta manera en determinadas situaciones.

Funciones adaptativas: las funciones que nos ayudan a adaptarnos a nuestro entorno, a nuestro medio. En el caso de la ira serían la destrucción o eliminación de obstáculos que nos impiden conseguir los objetivos que deseamos y que nos genera frustración el hecho de no poder conseguirlo.

Funciones sociales: controlar la conducta de los demás para inhibir las reacciones indeseables de otras personas o para evitar una situación de conflicto de confrontación. 

Funciones motivaciones: energizar el acto motivado, es decir, movilizarnos para tener reacciones de autodefensa o de ataque y conseguir la destrucción o eliminación de los obstáculos que nos impiden conseguir nuestros objetivos o conseguir controlar la conducta de los demás para inhibir sus reacciones indeseables. 

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Es importante analizar las funciones que tendría la ira asociada a la crianza de nuestros hijos, para tomar conciencia de qué funciones reales tiene y de qué manera la ira es (o no) una emoción útil o efectiva cuando se trata de la relación con nuestros hijos.

Las funciones adaptativas de la ira en la crianza de nuestros hijos sería el eliminar acciones o actitudes de los niños que nos frustran o que obstaculizan el que nosotras consigamos nuestras metas. 

Las sociales serían inhibir las reacciones indeseables de nuestros hijos o evitar situaciones de conflicto. 

Y las motivacionales que son el ataque o la autodefensa son funciones que en la crianza son absolutamente innecesarias y fuera de lugar. No hay ninguna situación en la que una madre tenga que atacar o defenderse de su hijo. 

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Las motivacionales las dejaríamos como funciones que no tienen sentido en el caso de la crianza. 

Sin embargo las adaptativas y las sociales sí que se ponen en marcha en muchas ocasiones. 


 

¿Qué conseguimos, en realidad, cuando reaccionamos con ira hacia nuestros hijos?

Las consecuencias para todo niño, cuando tenemos una explosión de ira sobre él, son consecuencias emocionales muy negativas: miedo, inseguridad, ira, agresividad, indefensión, tristeza, frustración.

De este modo, cuando utilizamos una explosión agresiva de la ira para controlar su comportamiento o para eliminar actos o actitudes del niño, estamos consiguiendo controlar las acciones del niño a base de atemorizarlo, asustarlo elevando el tono, utilizando un gesto agresivo, y esto para el niño es tremendamente negativo porque le genera mucha inseguridad.

Así, en realidad, cuando expresamos reacciones airadas hacia nuestros hijos (gritos, expresiones agresivas, amenazas…) estamos tratando de infundirles miedo para que cambien su comportamiento.

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Lo que conseguimos, de esta manera, es que el niño reaccione motivado por el miedo y esto tiene consecuencias muy negativas sobre su desarrollo emocional.

Su madre, su padre, su referente, la persona que le da al niño la confianza básica en sí mismo y en su entorno está teniendo una actitud agresiva hacia él. El niño ante esto se siente indefenso

Una persona más fuerte, un adulto, en este caso un padre o una madre que es el cuidador principal del niño, está teniendo una conducta de ataque hacia él, le hace sentirse indefenso.

Si su madre o su padre le fallan, ¿quién le va a proteger?. Les genera tristeza, frustración y, sobre todo, esto alimenta el circulo de la violencia. Nosotros somos los modelos de comportamiento y actitudinal para nuestros hijos. Cuando nosotros tenemos comportamientos agresivos, gritamos, perdemos la paciencia, nuestros hijos nos están observando y nos imitarán.

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Están aprendiendo que las situaciones en las que nos frustramos o en las que no podemos conseguir lo que deseamos, se manejan con agresividad, gritos o explosiones emocionales negativas intensas.

Alimentamos el círculo de la violencia, porque nuestros hijos en un futuro, y también en el presente, reaccionarán de forma parecida.

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