En la primera parte de este artículo hablaba de cómo, contrariamente a lo que alguna gente cree, los niños pequeños son incapaces de mentir convincentemente, y de cómo el creerles siempre mejorará nuestra relación con ellos, afianzará la confianza que tienen en nosotros, y nos ayudará a afrontar sus conflictos de manera más respetuosa con sus emociones y su forma de entender el mundo.
 
En esta segunda parte expondré los beneficios a largo plazo de escuchar siempre a nuestros hijos, y confiar en que nos están contando la verdad, o al menos la verdad según como ellos entienden el mundo.
 

Si el niño tiene la experiencia de que sus padres le creen, es mucho más probable que nos cuente lo que le preocupa, con la seguridad de que nunca vamos a menospreciar su malestar, sino que le daremos a sus problemas la importancia que él cree que merecen. Cosas que a nosotros nos pueden parecer nimias, pueden ser muy dolorosas para un niño (por ejemplo, las burlas de otros niños).

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En segundo lugar, creerán en nuestras respuestas, ya que no tendrán motivos para pensar que les estamos mintiendo para conseguir lo que nos interesa, puesto que esto no ha ocurrido nunca.
 
En tercer lugar, los niños que sienten que pueden confiar en sus padres, crecen más seguros de sí mismos. La relación con los padres es la base sobre la que se asienta la posterior relación con el mundo y con los demás. 
Si un niño no puede confiar en sus padres, difícilmente será capaz de confiar en el resto de personas que le rodean, sintiéndose toda la vida aislado y suspicaz.
 

El poder contar con que el niño nos expondrá sus inquietudes nos permite educarle según nuestros propios valores, ya que podremos guiarle por el mundo de acuerdo a lo que creamos más adecuado. 

 

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Esto no excluye que el niño busque respuestas en otras personas, lo cual es saludable ya que le permite tener acceso a otros puntos de vista, pero si evita que únicamente se guíe por lo que le cuenten sus amigos o encuentre en internet.

 
Así mismo, prevendrá que nuestro hijo nos mienta. Si la verdad produce una respuesta positiva en nosotros, una respuesta de comprensión, escucha y respeto a sus emociones, estaremos favoreciendo que esta conducta de decir la verdad se repita, ya que sirve para obtener el consuelo y la ayuda que el niño solicita.
 
Otro efecto positivo a largo plazo es que nos permitirá protegerle. Si en repetidas ocasiones no creemos en lo que nos cuenta nuestro hijo, éste dejará de contarnos las cosas que siente o que le suceden, y perderemos la oportunidad de saber si algo malo le está pasando, y ayudarle si esto fuese así.
 

Por último, haciendo las cosas de esta manera a lo largo de toda la infancia, será más fácil llegar a acuerdos respetuosos entre padres e hijos una vez llegada la adolescencia, ya que la relación será más fluída y todos los miembros de la familia podrán confiar los unos en los otros.

Texto cedido por

Clara Sáinz Cortés (número de colegiada: P-01832), licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, Máster en Terapia de Familia por la Universidad de Sevilla, Especialidad en Psicología Clínica vía PIR por el Hospital Universitario Virgen Macarena (Sevilla). Nueve años de experiencia en psicoterapia infantil y familiar.

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