Una de las estrategias básicas de desarrollo y aprendizaje en la primera infancia es la exploración del entorno. El niño tiene que manipular objetos, tiene que interactuar con su entorno, con todas las posibilidades que el mundo que le rodea le ofrece. Esta exploración, esta manipulación, esta experimentación debe permitirse para que el niño pueda desarrollarse de una manera óptima y pueda descubrir el mundo.

 

Los niños pequeños están descubriendo cada día nuevas situaciones, nuevas posibilidades, nuevos detalles de su entorno.

 

Los adultos debemos acompañar al bebé mientras está investigando y explorando, pero siendo conscientes de que, en todo momento, debemos permitir la dicha exploración. 
Esta posibilidad de exploración y experimentación está relacionada con los límites, en cuanto que, muchas veces, nuestros propios miedos a que al bebé le suceda algo dañino, o algo que a nosotros nos parece potencialmente peligroso, nos hace estar limitando excesivamente la manipulación, exploración o investigación que el niño tanto necesita para poder desarrollarse.

 

Es esencial comprender estas necesidades de los niños de manipular objetos, de moverse, de desplazarse, de descubrir su cuerpo, de descubrir su entorno, los objetos y todo lo que le rodea dentro de su pequeño mundo.

 

Para que esto pueda producirse sin una limitación, sin la existencia de riesgos y, sobre todo, sin una preocupación excesiva por parte de los padres, es importante proporcionar al niño un entorno seguro

 

En el momento en el que nosotros adaptamos nuestro entorno a las necesidades de desarrollo de nuestros hijos, vamos a poder permitir toda esta experimentación, toda la observación, toda la manipulación de una manera en la que el bebé se encuentre seguro y protegido, y nosotros estemos tranquilos y podamos permitir, sin estrés y sin angustia, este movimiento y esta exploración que el niño necesita. 


 

Algunos padres se plantean que el bebé se está desarrollando en un entorno que es de una manera determinada y que es el bebé el que tiene que adaptarse a él. Por ejemplo, hay casos de personas que plantean “Yo no voy a quitar las figuritas de cristal del alcance de mi bebé porque él tiene que acostumbrase a no tocarlo aunque lo tenga a su alcance” o “Yo no voy a tapar los enchufes porque mi bebé tiene que aprender a que eso no lo tiene que tocar”.

 

Esto limita excesivamente la función de estos adultos de posibilitar la exploración de sus bebés porque están permanentemente preocupados de que los niños no se lastimen o se pongan en peligro en ese entorno no adaptado para ellos.

 

Cuando los niños son pequeños, facilitar, posibilitar o adaptar el entorno para ellos no significa que no les estemos permitiendo acostumbrarse al mundo en el que se van a tener que desenvolver. Simplemente estamos adaptando ese entorno a sus necesidades y a medida que los niños vayan creciendo iremos adaptándolo, de una forma dinámica, a sus nuevas capacidades y a sus nuevas necesidades.

 

Si tenemos en cuenta que los límites tienen una función de protección y cuidado fundamental, entenderemos que podemos proteger a nuestros hijos de distintas maneras. Podemos proteger diciendo que no a todo y frenando el desarrollo natural del niño, o podemos proteger ofreciendo entornos seguros donde el niño va a poder desarrollarse, experimentar y ensayar sus habilidades sin peligro.

 

Nosotros tenemos que facilitarnos a nosotros mismos nuestra función posibilitadora del desarrollo. Y para poder permitir al niño el movimiento, la experimentación, la investigación y la manipulación que necesita, lo primero que tenemos que hacer es adaptar nuestro entorno, en este caso nuestra casa, a las necesidades del niño. Se trata de ofrecerle un entorno seguro en el que el niño pueda explorar, investigar, manipular y moverse libremente sin peligros.

 

El niño tiene que poder estar en un entorno seguro y tener a sus padres emocionalmente disponibles, es decir, necesita un acompañamiento emocional permanente durante todo su proceso de desarrollo, durante todas sus acciones de observación, de experimentación, de exploración, de investigación, de manipulación del entorno con la certeza de que sus padres están ahí, están cuidando de él y están emocionalmente disponibles para cuando les necesita.

 

Tanto para recibir sus emociones de alegría, de sorpresa y de satisfacción en esa exploración, como para acompañar emocionalmente las situaciones de frustración, de dolor o de tristeza. Si los padres se encuentran estresados porque existe un riesgo potencial para sus hijos, ese acompañamiento emocional tan necesario no podrá realizarse de manera adecuada.

 

Por lo tanto, cuando ofrecemos a los niños entornos adaptados y seguros en los que puedan jugar y explorar sin peligro, estamos facilitando su desarrollo, su bienestar emocional y nuestra propia tranquilidad, sin tener que estar alerta por exponer a nuestros hijos a situaciones de riesgo innecesarias.

 

¿Qué ocurre cuando está en otros entornos, no adaptados?

 

Nosotros podemos adaptar nuestra casa o podemos elegir un parque, o un restaurante, o un lugar de juegos que consideremos adaptado y nosotros nos sintamos seguros. Pero no todos nuestros amigos o familiares van a adaptar su casa.

 

Cuando acudimos a entornos no adaptados tenemos que establecer primero los límites que consideremos que protegen a nuestro hijo, es decir, no acercarse al hueco de la escalera no protegida, o no tocar la figura que puede romperse y se puede cortar.

 

Ahí tenemos que estar atentos permanentemente poniendo el límite y también respetando los deseos de las personas que nos están recibiendo en ese entorno, porque estamos en casa de otra persona y a esa persona puede no gustarle que toque un espejo porque lo ensucia, por ejemplo.

 

El adulto tiene que decidir si va a estar cómodo y va a poder desenvolverse adecuadamente con su hijo en ese entorno o tomar la decisión de no acudir a esos entornos si es que puede hacer esa elección, y dejar de ir hasta que el niño sea un poco más mayor y pueda desenvolverse en este tipo de lugares de una manera mejor.

 

Muchas veces es muy desagradable ir a casa de alguien y tener que estar diciéndole a tu hijo constantemente “no toques eso, no pises ahí, no te subas ahí”, cuando a lo mejor tú en tu casa sí que permites ciertas cosas, pero vas a casa de una persona que le molesta absolutamente casi todo lo que hace el niño.

 

En esos casos, muchas veces, hay que plantearse si nos merece la pena o si tenemos obligación de exponernos a nosotros mismo y a nuestros hijos a esas situaciones. Ahí hay que hacer una toma de decisión.

Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

Col. Núm. M26931

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