Los límites son un marco de referencia para el niño, son una guía, una pauta que les ofrece seguridad. Cuando establecemos un límite estamos indicando o informando de lo que es adecuado y seguro que el niño haga, y lo que no lo es.

 

Los límites tienen un componente asociado a la socialización del niño. Los límites, desde la primera infancia, van a ayudar a los niños a integrarse en el grupo social al que pertenecen. Les van a permitir ir interiorizando, paulatinamente, unas pautas de interacción social que van a posibilitar que se integren en su grupo cuando sea necesario, sin perder de vista las características evolutivas del niño y las características de sus habilidades sociales.

 

Una norma social universales la relativa al respeto a los demás: no agredir física ni verbalmente a otras personas. Aquí nos encontramos con un límite social que es necesario establecer en la primera infancia y que vela por la seguridad de los miembros del grupo social.

 

Durante la primera infancia, hasta los tres años, el niño establece relaciones verticales. Establece relaciones con adultos basadas en la búsqueda de cuidado, de protección y de satisfacción de sus necesidades. No es hasta los tres años, aproximadamente, cuando el niño está preparado para desarrollar habilidades sociales con otros niños, con sus iguales.

 

Pero nosotros, puesto que nuestros hijos se están desarrollando en sociedad, tenemos que establecer límites asociados a su proceso de socialización, en el sentido en que es importante inculcar al niño el respeto a los demás desde el principio. 

 

Aunque no son capaces de comprenderlo en edades tempranas, sí que lo van asimilando poco a poco. Debemos enseñar a nuestros hijos a que no pueden invadir el espacio emocional y vital de los demás.

 

Así, es esencial intervenir cuando nuestro hijo pega a otro niño o le arrebata un juguete (siempre que éste pertenezca al otro niño), expresando la restricción al acto a nuestro hijo.

 

Sin embargo, es de vital importancia intervenir también cuando la situación suceda de manera contraria: cuando otro niño pegue a nuestro hijo o le arrebate un juguete de su propiedad, por ejemplo.

 

Debemos acompañar a nuestros hijos a descubrir los límites que rigen su sociedad, pero también los niños van observando cómo los demás ponen sus límites y quieren ser respetados. 

 

En el momento en que ponemos a nuestros hijos unos límites relacionados con el respeto a los demás, el niño está recibiendo una información importante: que debe respeto a las demás personas, pero también es importante la otra función de este límite.

 

No solo tenemos que enseñar a nuestros hijos a respetar a los demás, sino también enseñarles a que los demás también deben respetarles. Cuando ponemos límites a los demás, en el sentido de cuando una persona está teniendo un trato inadecuado, molesto o desagradable para el niño; y nosotras como madres ponemos el límite a esa persona.

 

Muchos adultos desean tomar al bebé en brazos, por ejemplo, y a lo mejor el bebé no está cómodo con esa persona y quiere estar con su madre. O, en caso de un niño más mayor, viene un adulto y le empieza a hacer cosquillas y al niño no le gusta en ese momento: a ese adulto hay que ponerle límite.

 

Nosotras ponemos el límite a nuestros hijos y también a los demás. Nuestros hijos están aprendiendo a respetar a los demás, pero también a hacerse respetar.

 

Cuando una madre no sabe o no pone límites a sus hijos generalmente suele suceder que tampoco sea capaz poner límites a los demás. En este caso está dejando completamente desprotegido a su hijo y, en cierta manera, abandonado a los deseos de otras personas, abocado a complacer siempre a otras personas.

 

El límite tiene una función importante tanto para la socialización del niño, en lo relacionado con respeto a los demás, pero también en lo relativo a velar por el respeto hacia sí mismo.