En mi experiencia profesional y personal he comprobado que uno de los temas sobre los que más reflexión, dudas y planteamientos surgen es sobre los límites.

Esto me hace revisar casi constantemente cómo nos relacionamos con el establecimiento y la recepción de límites.

Si observamos con honestidad por qué establecemos o evitamos establecer límites, podremos comprender que la respuesta está en una misma. Es decir, que tiene mucho más que ver con quien los pone o los deja de poner que con quien los recibe.


La persona que decide poner o no poner un límite a otra en la relación lo hace por algo enfocado en sí misma.


Esto muchas veces es difícil de entender, porque generalmente enfocamos la necesidad de poner un límite o no ponerlo en lo que hace el otro.


Sin embargo, yo creo que no es tanto lo que hace el otro lo que motiva la puesta del límite si no lo que yo siento ante lo que el otro hace.


La mayor parte de los límites se ponen para protegerse una misma de algo que percibe como potencialmente dañino o peligroso para sí, aunque también pueda serlo para quien emite esa conducta.


Es decir, si yo pongo un límite a una persona para proteger su integridad, lo hago porque esa persona me importa, porque el hecho de que le pasase algo malo me haría sufrir.


En crianza se ha hablado mucho de los límites como protectores de la salud de los niños, de su seguridad e integridad, lo cual es innegable. Pero más allá de ello, hemos de revisar el sentimiento profundo, en primera persona, que nos está moviendo a la acción de manera genuina.


Evitar el dolor que me produciría que esa persona se hiciera daño o sufriese tiene mucho que ver.


Por otro lado, hay límites que se ponen y que no tienen nada que ver con la seguridad del otro si no con la mía. Límites que ponemos para salvaguardar nuestra tranquilidad, nuestro descanso, nuestras necesidades de seguridad y calma. Éstos son esenciales en las relaciones y muchas veces se evitan o no se reconocen por parecer egoístas.


Una relación en la que uno de los miembros evita los límites relacionados con su tranquilidad y comodidad tenderá a convertirse en abusiva.


Así, es importante dar el peso que merece a los límites como recursos personales protectores de la propia comodidad, tranquilidad y descanso, y no sólo como garantes de la seguridad del otro, especialmente en relaciones de cuidados.

 

Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

Formación online de expertas en acompañamiento a la maternidad consciente y la crianza.

 

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