Hay temporadas en que la maternidad se nos hace cuesta arriba, la relación con los hijos se vuelve difícil y los conflictos se complican.


Son temporadas en que la crianza se convierte en un reto duro, agotador y del que no es posible tomarse un descanso.


Muchas veces, en estas situaciones, nos vemos abrumadas, agobiadas, desesperadas, incapaces de ver el fin de la tormenta. Nos parece que esto va a ser así para siempre, asaltan las dudas, la culpa, la desesperación.

Nos vemos sin recursos, frustradas, con gran sensación de fracaso. Llega a parecer que no hubiera salida, que está ya todo perdido, que el daño es irreparable, que no merece la pena seguir, que hemos tirado por tierra todo lo hecho hasta ahora.

Sin embargo, ésta es solo una percepción, una interpretación sesgada por el cansancio, por el desgaste, porque quizás la situación está durando más de lo que esperábamos, y nos es difícil salir de nuestra tormenta de angustia para ver las cosas desde otra perspectiva.


En estas situaciones es muy positivo pedir ayuda, delegar, buscar un tiempo para el autocuidado, la relajación, el disfrute y la reflexión. Pero la realidad es que esto, en la práctica, no es siempre posible. De hecho, muchas veces es utópico. Es más, muchas mujeres llegan a este estado de frustración y angustia en la crianza porque tienen muy pocos apoyos, porque son ellas las principales responsables de los hijos y no suelen tener a otros adultos disponibles.


No obstante, en esta situación, lo que sí es posible, porque depende de nosotras mismas, es elegir nuestro pensamiento. En estos casos de desesperación, podemos recurrir al pensamiento de que los procesos personales y las relaciones son dinámicas, en constante transformación, por lo que nada es definitivo o inamovible.

Es decir, las personas y, especialmente los niños, estamos en constante cambio, en un desarrollo continuo de manera natural y, lógicamente, las relaciones entre personas también.

La idea de permanencia, de inamovilidad, de estancamiento de una situación, forma de actuar o dinámica de relación es una trampa del pensamiento.

Atribuimos características de estabilidad y continuidad a los procesos humanos cayendo en el miedo que nos produce que situaciones o dinámicas indeseadas permanezcan. Sin embargo, esto no se corresponde con la realidad humana. De manera natural, nos vamos transformando. De hecho, no estamos igual todos los días ni a lo largo de un mismo día.


Tener presente esta idea puede ser de gran ayuda para enfrentarnos a estas temporadas difíciles de la maternidad, pues nos orienta a la expectativa de que es posible transformar la situación, la experiencia y la manera en que nos sentimos, que las temporadas en que la relación se torna difícil o nos vemos incapaces de gestionar son transitorias, están en constante cambio.

Esta perspectiva se corresponde más con la realidad y, además, nos orienta a la esperanza, a la motivación por la posibilidad de cambio, a ser más flexibles en cuanto a cómo interpretamos y reaccionamos.

La sabiduría popular recoge esta idea de cambio en dichos como “No hay mal que cien años dure” o “Después de la tormenta llega la calma”. Y es que la realidad del ser humano es tan amplia y extensa, la transformación y crecimiento constantes son tan intensos que es importante poner el foco en ellos, no caer en falsas creencias de estabilidad y eterno estancamiento, porque eso solo nos lleva al sufrimiento provocado por una idea falaz.

Sin embargo, no se pretende negar el malestar sentido en estas temporadas difíciles en la maternidad. Mi propuesta se centra en adoptar una mirada amplia e inclusiva de los procesos humanos, de mantener la atención en la transformación constante y no caer en esquemas de pensamiento reduccionistas y falaces que conviertan el malestar en desesperación. Pero en ningún caso pretendo que se huya o negué el malestar.

En la maternidad y en la crianza hay muchos momentos de malestar, de tristeza, de frustración, de angustia, de miedo, de culpa y arrepentimiento… Todos estos sentimientos forman parte de la amplia e intensa experiencia que es la maternidad. Y fluyen con las emociones asociadas al placer, al amor, a la alegría.

Tal y como se explicaba la transitoriedad y transformación de las situaciones difíciles o temporadas frustrantes y se proponía adoptar una perspectiva más amplia e integradora, esta propuesta se puede extrapolar a la esfera emocional en cuanto a la amplitud, transformación y carácter procesual de los sentimientos.

 

Mónica Serrano

Psicóloga especializada en maternidad consciente y crianza respetuosa