Estamos muy acostumbradas a que se nos pongan en tela de juicio opiniones, ideas, creencias…, entrando casi constantemente en debates o discusiones sobre quién tiene razón y quién no.

Esto parte de un modo de relación muy generalizado que se basa en la perspectiva de la comunicación no empática en la que cada uno muestra sus argumentos sin atender al otro. Escuchamos para responder, más que para comprender a la persona que tenemos delante, acostumbradas a emitir juicios sobre el otro, sobre sus pensamientos, creencias, acciones, así como acostumbradas también a ser juzgadas. El juicio está muy presente en las relaciones humanas.

Desde el juicio, se invalida a la persona, estableciendo por encima de ésta un discurso social aprendido.

Esto también sucede en la esfera emocional. El juicio aparece también en lo que a sentimientos y emociones se refiere. Lo que las personas sienten se pone en tela de juicio, para validar o invalidar (desde el exterior) las emociones que emergen en el individuo.

Al igual que los aspectos más racionales, las emociones se juzgan desde un discurso social aprendido. Hemos introyectado parámetros sobre qué sentimientos son aceptables en función de determinadas situaciones y cuáles no lo son, así como su intensidad y duración.

Por ejemplo, es muy típico que se invalide la tristeza a una madre reciente de un bebé. Sin embargo, muchas madres experimentan tristeza en el puerperio.

Así, socialmente se ha construido un discurso sobre las emociones que acepta o rechaza su presencia en función de “motivos”. Estos esquemas se transmiten a las personas desde muy temprana edad. Seguramente todas hemos vivido situaciones en las que se nos ha censurado alguna emoción con frases del tipo “te estás enfadando sin razón”, “no tienes motivos para llorar”, “llevas mucho tiempo mal, ya deberías superarlo” o “no entiendo por qué estás tan contenta, si tampoco es para tanto”.

Es obvio que no existe un respeto generalizado a la vivencia emocional de cada persona, que se trata de imponer un criterio externo para regular o controlar la vivencia emocional del individuo y que en base a esta profunda creencia nos relacionamos emocionalmente.

Dando un paso más allá, a nivel individual introyectamos este discurso externo sobre lo emocional y lo adoptamos como propio. De este modo, el juicio externo se convierte en un juicio personal y comenzamos a juzgarnos a nosotras mismas desde el criterio social introyectado pero asumiéndolo como propio y pasamos a ser nosotras mismas las que nos decimos frases del tipo “me estoy enfadando sin razón”, “no tengo motivos para llorar”, “llevo mucho tiempo mal, ya debería superarlo” o “no entiendo por qué estoy tan contenta, si tampoco es para tanto”.

Esta asimilación del discurso social nos lleva a una disociación, a una desconexión de nosotras mismas, también a nivel emocional, en la que nos alejamos de la experiencia real en un intento de ajustarla a lo socialmente impuesto, entrando en conflicto con una misma.

Esta desconexión nos deja sin base, sin punto de apoyo vital, desorientadas. Serviría de ejemplo la frase “no sé qué hacer con mi vida” que, seguramente hemos dicho o pensado muchas veces y lo hemos escuchado en otros otras tantas.

El auto juicio a las emociones nos aleja de nuestra propia realidad, la lucha contra las emociones conlleva sufrimiento.

Es necesario un trabajo personal de desarrollo que nos permita reconectar con nuestra esencia emocional, llegando a la autoaceptación y permitiéndonos desterrar autocensuras y juicios.

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Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Mujer, Maternidad y Crianza Respetuosa, Desarrollo Personal
Col. Núm. M26931
Consulta, terapia, grupos de apoyo, asesoramiento
Directora de la formación Maternidad Feliz – Crianza Respetada
Petición de información en: info@psicologiaycrianza.com