Es muy general la tendencia a describir o comprender las experiencias emociones en base a opuestos: alegría-tristeza, tranquilad-intranquilidad, satisfacción-frustración, amor-odio… Estos estados emocionales comprendidos como opuestos también se han conceptualizado como excluyentes entre sí, como estados o experiencias absolutas, estancadas, inamovibles al menos durante el tiempo en que se están experimentando.

Sin embargo, las vivencias emocionales de las personas son experiencias amplias, inmensas, repletas de matices y detalles, son cambiantes, inestables, fluidas, inconsistentes… si se las permite ser sin censuras.

Cuando asumimos la amplitud de la experiencia emocional, comprendemos que no hay emociones opuestas y, mucho menos, excluyentes. Las vivencias emocionales emergen y nuestra capacidad de sentir es tan inmensa que podemos experimentar estados emocionales muy diversos sucesivamente o, incluso, a la vez.

Por ejemplo, la tristeza puede aparecer junto a la frustración y el miedo a la pérdida, la vergüenza y la esperanza, e incluso con alegría, en una vivencia emocional amplia e inclusiva.

Para tomar conciencia de la amplitud de las experiencias emocionales es necesario prestarse atención, evitar censuras y juicios y permitirse sentir plenamente.

De esta manera podremos percibir que las emociones no son estados del tipo todo o nada, estables y consistentes, sino que son mucho más ricas y variopintas que lo que a priori hemos entendido, pues hemos generado visiones muy reducidas y simplificadas sobre las ellas.

Para poder permitirnos experiencias emocionales plenas y ricas, es necesario romper con expectativas y juicios sobre cómo deberíamos sentirnos pues, en general, establecemos expectativas simplistas y en términos absolutos. Por ejemplo, concebimos la tristeza con excluyente de otras emociones relacionadas con la alegría, por lo tanto esperamos que en situaciones de tristeza no aparezcan matices en la experiencia relacionados con sentimientos alegres.

La visión inclusiva de la vivencia emocional es una visión más abierta, sin expectativas inflexibles, que está dispuesta a permitir y a acoger todo tipo de experiencias emocionales y a admitir naturalmente todos los matices de la vivencia emocional, sin censurar “supuestos opuestos”, sin aspirar a la estabilidad en cuanto a experiencia emocional, sin tratar de negar el cambio.

Esto se entenderá mejor tomando el ejemplo de la alegría. Cuando estamos contentas, muchas veces aspiramos a “estar siempre contentas”. Entendemos que ése es el objetivo a alcanzar y, además, pretendemos alcanzarlo de una manera absoluta, esperando que el hecho de estar contenta elimine todo atisbo de tristeza, frustración, decepción… de nuestra experiencia emocional.

Cuando, en un momento alegre, aparece algún matiz de tristeza, parece que no podemos asimilarlo, que la tristeza empaña y cubre a la alegría. Nos cuesta mucho integrar ambas experiencias emocionales como posibles, como no excluyentes.

Esto nos lleva a la lucha contra una misma, contra las emociones que han emergido pero que no esperaban, que se asume que están fuera de lugar y es éste el verdadero problema para la persona, la lucha, la negación, más que el mero surgimiento de emociones displacenteras o inesperadas.

Cuando permitimos sin oposición las vivencias emocionales fluyen, se entremezclan, se enriquecen entre sí, se potencian y transforman de manera espontánea, sin esfuerzo, naturalmente, desde la aceptación y el bienestar de la persona que las acoge.

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Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Mujer, Maternidad y Crianza Respetuosa, Desarrollo Personal
Col. Núm. M26931
Consulta, terapia, grupos de apoyo, asesoramiento
Directora de la formación Maternidad Feliz – Crianza Respetada
Petición de información en: info@psicologiaycrianza.com