Durante mucho tiempo ha prevalecido la perspectiva de la gestión emocional en lo relacionado con el desarrollo emocional de las personas. Yo misma he permanecido hasta hace poco cerca de esa perspectiva.

La perspectiva de la gestión emocional se centra en los recursos personales y sociales que el individuo ha de desarrollar y practicar para poder elaborar y asimilar sus emociones sin desbordarse, más aun, para poder controlarlas.

Esta perspectiva transmite la idea de que las emociones son entes separados de la persona, que aparecen en ella y con las que ella ha de lidiar, combatir, “comerse y digerir”.

Desde esta óptica, la persona que asimila esta idea, se va desconectando de sus emociones, desintegrándose en “el que siente” y “el sentimiento”. La perspectiva de la gestión puede llegar a ponernos en lucha con nuestras emociones, tratando de mantenerlas bajo control, como si de un peligro se trataran.

Este intento de gestionar, controlar o luchar contra nuestras emociones se convierte en una lucha interna con una misma, en un intento de desplazarnos del sentimiento presente que nos conecta con la vivencia real.

Para intentar explicarlo más detalladamente, la emoción emerge en la persona conectándola con la realidad de la vivencia presente. Sin embargo, cuando la persona trata de gestionar esa emoción, de controlarla, de evitarla o aminorarla, se aleja de lo real de su vivencia para tratar de construir una nueva realidad distinta de lo que hay o lo que es, negando la realidad que sí está.

Es importante tener en cuenta la visión socialmente generalizada de que determinadas emociones son indeseables o peligrosas, como la tristeza, la ira, la frustración o la vergüenza. Desde esta visión, la tendencia personal es evitar o paliar estas emociones cuando surgen, alejándonos de la vivencia y buscando una experiencia emocional más plana, vacía, menos intensa.

Desde esta tendencia, generamos vivencias de huida de una misma, de evitación de la experiencia interna real, de desconexión. La vivencia se convierte en algo incómodo, angustioso, alterado, pues huir de una misma es imposible y el mero intento de la huida genera una experiencia agotadora y frustrante.

Así, aparecen mensajes del tipo “quiero dejar de sentir esto”, “no debería sentirme así” o “necesito sentirme de otra manera” que nos llevan a un círculo de malestar difícil de romper, generándonos mucho sufrimiento.

De este modo, la perspectiva de la gestión, así entendida, desvirtúa la experiencia emocional y nos pone en una trampa al vernos separadas de nuestras emociones, desintegrándonos de ellas y entrando en lucha con nosotras mismas.

Por todo ello, considero que la perspectiva de la aceptación sería más integradora y nos ayudaría a reconectar con nosotras mismas.

Desde esta perspectiva, las emociones se comprender como parte intrínseca de la persona, en vez de como entes separados. La emoción es un aspecto indisoluble de la persona. No es un ente contra el que luchar. No puede invadirme ni desbordarme, pues soy yo quien la contiene.

Las emociones son naturales, inevitables, nos conectan con muestra realidad. Tal como los sistemas sensoriales nos permiten conectar e integrar la realidad, las emociones nos conectan con dicha realidad a otro nivel, a un nivel relacionado con los sentimientos, los afectos que en dicha realidad emergen en la persona.

Por ejemplo, ante la experiencia sensorial de un bebé que llora (vista, oído), emerge en la persona una vivencia emocional (pena, incomodidad, compasión). Del mismo modo que no intentaríamos dejar de ver algo que ya hemos visto o de oír algo que ya hemos oído, el sentimiento, una vez que ha emergido, está ahí.

Desde la perspectiva de la vivencia aceptante, la emoción que ha emergido ha de acogerse como experiencia presente que me conecta con mi realidad, validándola, permitiéndola, dejándola fluir como si de un paisaje que estamos viendo se tratase. Desde esta óptica, la emoción se vivirá sin tratar de huir, no surgirá la experiencia de lucha.

Esta emoción permitida, validada, fluida es la que nos conecta con la experiencia vital presente, y desde ella tendremos el punto de apoyo para poder desarrollarnos desde nuestra propia realidad interna.

La experiencia emocional aceptante nos ofrece la conexión con nosotras mismas de manera genuina y auténtica y, a partir de esa conexión, seremos capaces de fluir en el resto de experiencias vitales de manera concordante con nosotras mismas.

 

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Mónica Serrano Muñoz

Col. Núm. M26931
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa. Crecimiento personal. Acompañamiento en momentos de cambio y crisis.
Asesoramiento. Terapia.
Directora de la Formación de expertas Maternidad Feliz-Crianza Respetada
info@psicologiaycrianza.com
https://www.psicologiaycrianza.com