La tristeza es una emoción que suele llevar asociada inactividad, recogimiento, desmotivación. La tristeza nos lleva al silencio, a la quietud, al reposo, a la toma de contacto con una misma, de manera profunda.

Es un estado emocional que, cuando se permite su curso natural, hace que la persona sea poco productiva y poco consumista, pues queda en un estado de ausencia de energía, de pasividad, de necesidad de descanso, mientras transcurre su vivencia.

Sin embargo, la tristeza es una emoción muy poco permitida socialmente, generalmente negada, invalidada. La cultura hedonista y la sociedad de consumo no tienen lugar para la quietud y el recogimiento de la tristeza, y rápidamente empujan a la persona a salir de ese estado, generalmente a través del consumo de productos (fármacos u homeopatía), servicios de salud y/o belleza, ocio o elementos y actividades que ofrecen placer.

La cuestión es que desde lo social y cultural se trata de que los individuos eviten la tristeza a toda costa. La tristeza se invisibiliza, se habla poco de ella, se patologiza, se “encierra” en los centros de salud mental y se trata de apartar de la vida cotidiana “normal”.

Esta fuerte tendencia sociocultural es introyectada por las personas a nivel individual. Como individuos, también nos censuramos la tristeza, tratamos de imperdírnosla, de evitarla, de no permitirla. Luchamos contra ella y tratamos de salir rápidamente de ella, tal como la nuestra sociedad y nuestra cultura nos ha transmitido.

Esto se hace muy evidente cuando se observan las reacciones ante una persona que está triste. En muchos casos, se le preguntan los motivos de su tristeza esperando una respuesta detallada y que justifique ese estado. La persona triste tiene que explicarse y dar razones de peso para que su experiencia emocional sea aceptada por los demás y, aun así, muchas veces no será aceptada.

Asociamos la emoción a un motivo: ¿qué motivo tienes para sentirte así? ¿qué te sucedió para experimentar esta emoción? Y el motivo será juzgado (por uno mismo o por los demás) como suficiente o insuficiente para general la emoción en cuestión en la intensidad con la que se esté viviendo.

Generalmente, cuando de tristeza se trata, suele invalidarse el motivo (no es suficientemente dramático para estar triste) o la intensidad (el clásico “no es para tanto”).

La perspectiva aceptante de la vivencia emocional se basa en que las vivencias emocionales son válidas y reales independientemente del motivo al que se asocien, que no es necesaria una justificación ni una evaluación de su idoneidad. Todas las emociones son idóneas tal como emergen en cada persona.

Del mismo modo, muchas personas suelen reaccionar ante la tristeza con ideas o creencias tales como que estar triste “no merece la pena, no sirve para nada”. Esta creencia tiene mucho que ver con la idea generalizada de que las emociones han de tener una función en la vida, han de servir para algo.

La perspectiva aceptante de la vivencia emocional pierde esta visión de la función. Las emociones son parte indisoluble de la persona, simplemente SON. Independientemente de que sirvan para algo o no, de que sean prácticas o no lo sean. Por tanto rompe con la idea de invalidar la emoción por la función.

Con todo esto, parece que no hay espacio para la tristeza en la vida sana y normal. La persona que experimenta tristeza se sentirá fuera de lugar en su grupo social, encontrará una fuerte incomprensión y mucha negación por parte del grupo.

Muchas veces, incluso, la persona que está triste se recriminará por ello, se juzgará y culpabilizará, entrando en lucha consigo misma, tratando de impedir el curso natural de su experiencia emocional. Esto puede llevarle a estados intensificados de angustia o de ansiedad.

Así, pese a que la tristeza es una emoción natural, sana y esencial, que podría vivirse desde la perspectiva aceptante sin sufrimiento ni enfermedad, la convertimos en un problema que puede llegar a ser muy grave.

 

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Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Mujer, Maternidad y Crianza Respetuosa, Desarrollo Personal
Col. Núm. M26931
Consulta, terapia, grupos de apoyo, asesoramiento
Directora de la formación Maternidad Feliz – Crianza Respetada
Petición de información en: info@psicologiaycrianza.com
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