Hay muchas personas que se agotan con la relaciones sociales

Últimamente, estoy encontrando en mi consulta psicológica mueres que acuden a mi buscando ayuda para sus hijos porque les preocupa su desinterés por relacionarse con otros niños, les asusta que este desinterés pudiera ocasionarles problemas en el futuro.

Generalmente, con muy buena intención, tratan de animar o convencer a sus hijos de que jueguen con los demás, participen en actividades grupales, interactúen con los demás niños en vez de quedarse solos explorando o cerca de sus padres. Esto suele conllevar mucho malestar a los niños y a toda la familia, porque se sienten todos muy presionados.

Es un hecho que la introversión está socialmente muy devaluada, hay una creencia social generalizada de que las personas con poco interés por el contacto social son persona tristes, frustradas, temerosas o defectuosas.

Sin embargo, generalmente no es así. Las personas introvertidas son personas que se interesan más por actividades introspectivas, por actividades que no necesitan de la participación de muchas personas, por situaciones tranquilas, por explorar, conocer de una manera autogestionada y esto es una fuente de felicidad.

El problema se produce cuando, debido a la falsa creencia que comentaba más arriba, la introversión es definida como defecto, como debilidad o como falta de capacidad de adaptación. Cuando esto sucede, la persona introvertida puede llegar a negar este rasgo de su personalidad.
 

MUJERES REDESCUBRIÉNDOSE. Historias reales en acompañamiento psicológico.

Quiero compartir contigo este relato sobre *Negación de la introversión y el poder de la aceptación*, por si pudiese ayudarte a identificarte. Me encantaría que me comentases qué te ha parecido y si te ha resonado o no. Empezamos….

«Siempre me sentí extrovertida. Trataba de estar rodeada de gente, pero me agotaba. Eso sí, era un grupo medianamente reducido y siempre las mismas personas. El caso es que me definía como extrovertida. Muy extrovertida.

Sin embargo, las fiestas, las celebraciones familiares, las bodas, la cena de Navidad de la empresa… me suponían un esfuerzo casi inasumible, mucho malestar los días previos al evento por las pocas ganas de ir y la presión a la que me sometía porque lo bueno, lo que se esperaba de mí, lo que haría una persona normal sería ir de buena gana y pasárselo bien.
¿Conocer gente nueva? Eso era un palo.

Al final lo que me apetecía era estar en mi casa, pero me sentía mal por ello, como si estuviese perdiendo el tiempo por no estar participando de la vida social. Así que, me forzaba a salir, a estar presente en los grupos aunque agotada e incómoda.

Tanto en los años de colegio, como de instituto, universidad y, después, en el trabajo en empresas, siempre estaba deseando que llegase la hora de volver a casa, no me quedaba ni 5 minutos extra hablando con compañeros. Tenía amigos y la gente me quería, pero yo siempre tenía alguna excusa. No obstante, me sentía tremendamente extrovertida.

Recuerdo una vez que salí corriendo, como siempre, al acabar las clases. Una persona intentó convencerme de que me quedase un rato. Lo rechacé y le expliqué que quería llegar a casa a tiempo para ver un capítulo de una serie que ponían en la televisión. Ella me dijo que la vida de verdad estaba fuera, no en casa viendo una serie. Me impactó, pero aún así me fui.

En casa, me encantaba estar sola en mi cuarto, con la puerta cerrada. Escuchar música, leer, escribir… Pero me sentía muy extrovertida.

Y es que no podía permitir reconocerme como otra cosa que no fuese extrovertida, pues mi necesidad de aceptación y reconocimiento social no podría haber admitido otra categoría más que la de la extroversión, que es la que la sociedad aplaude.

Me permití verme como introvertida ya de adulta, después de que la vida me regalase una desgracia que me hirió fuertemente. Fue en ese duelo cuando me permití reconocer, al principio creyendo que sería pasajero, luego comprendiendo que siempre había sido así pero me lo había censurado, mi introversión, mi amor por estar sola o con muy pocas personas en mi vida, mi preferencia por el silencio, mi alta sensibilidad, mi necesidad de tener pocas relaciones pero muy significativas, mi rechazo a ver a mucha gente distinta y sostener muchas conversaciones al día, mi repudia a compromisos sociales y mi aversión a conocer gente nueva. Abracé todo esto, lo validé, lo acepté y me sentí poderosa. Solo puedo decir gracias..»

Espero que este relato te haya ayudado en algo. Me encantará leerte.

Un abrazo,

Mónica

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