En la mayor parte de los países se han vivido confinamientos obligatorios, lo cual, para muchas personas ha sido una experiencia completamente nueva en su vida. Estar obligada a quedarse en casa, no poder salir, no poder realizar las múltiples actividades tanto laborales como de ocio y consumo que estábamos tan habituadas a realizar… Y, sobre todo, la restricción del contacto físico entre personas. 

Estos confinamientos nos han puesto en una situación de reto que va mucho más allá de lo físico. Quedarse en casa implica mucho más que no salir de casa.

Quedarse en casa implica apropiarse de nuevo de un hogar del que la vida moderna nos había desconectado, poniéndonos en la vorágine de la producción y el consumo fuera de casa. 

Y de pronto… en casa. Con la única compañía de las personas que también viven en ella. Sin más distracciones ni vías de escape. 

Nuestros deseos, de pronto, no pueden satisfacerse de manera inmediata. Tenemos que hacer renuncias cada día en mayor o menor medida. 

Siendo una población acostumbrada a la satisfacción inmediata de sus deseos cotidianos, la experiencia de renuncia a determinadas acciones, productos o vivencias se convierte en un reto complicado para muchos. 

En ese momento, sin distracciones varias a las que recurrir, la vuelta a uno mismo se vuelve inevitable. Y no estamos habituadas a vivirla sin filtros. 

Emocionalmente esto supone un desafío. Experimentar nuestras emociones sin poder recurrir a muchos de los anestésicos que teníamos como recurso o ayuda. 

La conexión con las propias emociones, muchas veces incómoda, se manifiesta como una experiencia nueva y difícil. 

De pronto, hemos de vivirnos y soportarnos sin escapatoria. El confinamiento nos ha puesto en una vivencia emocional más profunda, más intensa, muchas nos hemos reconocido en experiencias emocionales que habíamos evitado durante mucho tiempo. 

De pronto, también, vivimos la experiencia de dejar de producir y consumir al alto nivel al que estábamos habituadas. Esto abre un vacío personal desconocido que puede hacerse difícil de sostener. 

No estamos acostumbradas a no-hacer, a reducir la actividad, a centrar la actividad en el hogar. 

El confinamiento ha puesto a prueba nuestra capacidad personal de adaptación a una nueva situación para la que no estábamos preparadas. 

Nos ha puesto en la situación de tener que buscar recursos personales nuevos y creativos para manejar las circunstancias. 

Hemos tenido que manejarnos con nuestras emociones, nuestros vacíos, nuestros miedos… durante un periodo de tiempo en el que la incertidumbre ha tenido una enorme presencia. 

La incertidumbre también es una sensación bastante desconocida en una sociedad en la que la falsa sensación de control se ha potenciado enormemente. 

La sociedad del bienestar, del consumo, de la imagen no está preparada para vivir la renuncia como colectivo, transitar la incertidumbre y experimentar duelos de manera consciente. Y esto es lo que la crisis del coronavirus nos ha puesto como reto a vivir. 

Poco a poco, los diferentes países van reduciendo sus medidas de confinamiento obligatorio. La gente empieza a salir de nuevo, à reunirse, a retomar su actividad. La producción y el consumo se van reactivando, de nuevo como centro de las vidas individuales. 

El desconfinamiento físico pone de nuevo a nuestra disponibilidad los distractores emocionales que estábamos habituadas a utilizar. 

Sin embargo, la experiencia vivida, tanto a nivel emocional como mental, queda en nuestra memoria. Quizás algunas estrategias ya no nos sirvan o hayamos aprendido otras más conectadas con nosotras mismas. 

En cualquier caso, quedan muchos duelos en proceso. Esperemos que podamos vivirlos sin prisa, con conexión y con la intensidad que merecen. 

Mónica Serrano Muñoz 
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa 
Formación online de expertas en acompañamiento a la maternidad consciente y la crianza respetuosa. Asesoras de maternidad