Consulta:

 
Buenas. Soy una mamá de un niño de 22 meses. Quiero consultarte un tema que me tiene bastante agobiada.
 
Desde que nació mi hijo, yo he tratado de darle todo mi afecto y cariño. Colechamos desde su nacimiento, seguimos con la lactancia, no va a la guardería e intentamos tratarlo con respeto siempre. Yo tengo mucha paciencia, no suelo enfadarme y suelo estar alegre y disfrutar con él.
 
Pero desde hace un par de semanas me noto con menos paciencia, de vez en cuando me enfado mucho con mi hijo y pierdo los nervios. A veces le grito y me cuesta mucho mantener la calma. Esto me hace sentir muy culpable, porque yo no quiero tratar así a mi hijo, pero me cuesta dominarme.
 
No sé cómo conseguir que esto deje de pasarme, porque me hace sentir fatal.
 
Gracias.
 

Respuesta:

 
Estimada amiga. Comprendo perfectamente tu situación y cómo te sientes. De hecho, lo que planteas les sucede a muchas otras madres.
 
La maternidad es una vivencia de gran contenido emocional, y las emociones asociadas a ellas son muy intensas. Por ello, es muy necesario gestionarlas de una manera consciente y reflexiva.
 
La ira es una respuesta emocional primaria que se expresa con resentimiento, furia o irritabilidad. Cuando no se controla, esta respuesta emocional puede afectar muy negativamente a la persona que la experimenta y a las que están a su alrededor.
 
 
Como describes en tu consulta, has llevado a cabo la crianza de tu hijo con respeto y afecto, pero ahora te sientes más irascible, menos paciente.
 
Este cambio en ti, que te resulta sorprendente y te disgusta, puede estar provocado o potenciado por distintos factores.
 
En primer lugar, la edad de tu hijo puede estar influyendo. A medida que los niños van creciendo y sus habilidades motoras y cognitivas van desarrollándose, se abre una amplia gama de posibilidades de acción y exploración.
 
Esto, en ocasiones, resulta cansado para las madres, que tienen que estar en estado de alerta casi permanentemente para prevenir posibles riesgos o evitar peligros durante la exploración y el juego de sus hijos.
 
Por otra parte, alrededor de los 2 años de edad, los niños comienzan a consolidar la percepción de sí mismos como seres diferenciados de sus madres. En este proceso de consolidación el niño necesita autoafirmarse y la única estrategia que, a esta edad, posee es la negación del otro. Así, el oposicionismo y el negativismo son frecuentes en estas edades.
 
Algunos adultos entienden esto como un reto personal que el niño les plantea, como una lucha de poder. Sin embargo, es muy importante entender estas actitudes como parte del desarrollo evolutivo de los niños, como respuesta a su necesidad de autoafirmarse.
 
En segundo lugar, es esencial que reflexiones sobre las circunstancias externas que te rodean para dilucidar si alguna de ellas puede estar afectando negativamente a tu estado de ánimo. Los problemas en el trabajo, los conflictos con la pareja o las dificultades económicas podrían ser ejemplo de ello.
En la sociedad actual, las obligaciones y responsabilidades económicas y laborales se priorizan sobre la maternidad. Esta situación, muchas veces, hace que las mujeres se sientan superadas y abrumadas por un exceso de responsabilidades. En ocasiones, esta sensación hace que las mujeres se sientan impotentes y frustradas, lo cual puede afectar negativamente a su maternaje y a la relación con sus hijos.
 
Una vez analizados estos factores que podrían estar influyendo en tu estado de ánimo y en la forma de interacción con tu hijo, debes identificar el problema. En tu caso, parece que estás experimentando ira y no estás logrando gestionarla adecuadamente.
 
Así, es importante que tomes conciencia de la importancia de gestionar tu ira adecuadamente.
 
Consejos para gestionar la ira
 
Para poder manejar adecuadamente la ira y ser capaz de controlarla, es imprescindible aprender a identificarla. Reflexionar sobre cómo te sientes cuando experimentas ira, qué síntomas físicos y emocionales aparecen, es fundamental para poder tomar el control sobre ella.
 
Si sabes identificar tu ira de manera consciente, podrás anticiparte a las explosiones emocionales en cuanto empieces a experimentar los primeros síntomas.
 
También es importante identificar qué situaciones suelen provocarte ira, para intentar evitarlas en la medida lo posible o, al menos, enfrentarte a ellas con conciencia de que son potencialmente desestabilizantes para ti.
 
Es fundamental que te preguntes por qué estás descargando tu ira contra tu hijo. Generalmente, nos desahogamos con una persona más débil porque es lo que hemos experimentado en nosotros mismos, es lo que otros han hecho con nosotros. Es importante ser conscientes de este mecanismo para poder combatirlo.
Para prevenir la ira es fundamental que reflexiones sobre las necesidades afectivas de tu hijo. Recuerda que es un niño, que necesita tu afecto, tu apoyo y comprensión. Que no actúa con intención de fastidiarte y que no merece que le griten o le traten con agresividad. Trata de recordar esto cada día para tenerlo siempre presente.
 
Empatiza con tu hijo. Intenta ponerte en su lugar y entender cómo se siente cuando te enfadas con él. Piensa como te sentirías si una persona a la que quieres y valoras mucho te chillase y se enfadase contigo intensamente y tú no tuvieses estrategias para remediarlo.
 
Tu hijo aún no comprende por qué te enfadas, no sabe qué está sucediendo ni cómo puede gestionar esa situación. Probablemente, se sienta asustado y desprotegido.
 
Sé consciente de que, muchas veces, las emociones negativas que experimentamos en la crianza de nuestros hijos proceden de nuestra infancia, de “heridas emocionales no curadas” que se produjeron cuando éramos niños.
 
Puede que ciertas situaciones nos produzcan tanto malestar emocional porque evocan sensaciones  de abandono, impotencia o frustración en la relación con nuestras figuras de apego experimentadas en el pasado. Prestar atención a nuestro niño interior puede ayudarnos a prevenir las explosiones emocionales.
 
Asimismo, es esencial que reflexiones sobre los modelos de crianza que has tenido. Muchas veces reaccionamos hacia nuestros hijos reproduciendo cómo reaccionaban nuestros padres hacia nosotros. Si somos conscientes de que estamos repitiendo el modelo, será más sencillo evitar hacerlo.
Por otra parte, es importante pedir ayuda. Cuando te sientas abrumada por una situación, trata de que otro adulto te ayude, durante un rato, en el cuidado de tu hijo. Esto te permitirá a ti desviar tu atención a otra actividad y reducir el malestar emocional.
 
Busca maneras positivas de descargar energía. Cantar, bailar o reír pueden ayudarte transformar la tensión causada por la ira en expresiones emocionales positivas. En el momento de malestar, cortas radicalmente las expresiones negativas con una actividad opuesta, positiva.
 
Si es posible, aléjate del escenario y la situación que te está provocando ira. Tómate unos minutos para tranquilizarte ante de regresar a él.
 
Intenta ejercitar la relajación durante unos minutos cada día. Esto te permitirá estar más tranquila de manera general y facilitará el control de la ira.
 
Dedícate un tiempo para ti siempre que sea posible. Darte un baño relajante o dar un pequeño paseo tú sola son actividades que pueden ayudarte a liberar tensión.
 
Con todo esto, espero haberte ayudado y orientado en la gestión de tu ira. Te felicito por tu consulta, pues demuestra que has dado el primer paso para cambiar una forma de actuar que no te gusta. Te animo a poner en práctica mis consejos y quedo a tu disposición si necesitas apoyo a lo largo del proceso. Puedes contactar conmigo en info@psicologiaycrianza.com
Un abrazo fuerte,
 
Mónica
 

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