Los conflictos están presentes en toda interacción humana. Se producen cuando los objetivos de uno de los actores entran en contraposición con los del otro.
La situación conflictiva puede evitarse, dejando el conflicto latente o puede intentar resolverse a través de la gestión del mismo.
Si el conflicto se evita, quedando latente, es muy probable que explote más adelante. Por ello es recomendable tratar de resolverlos.
En la crianza de los hijos, las situaciones conflictivas forman parte del día a día de las familias. Los deseos u objetivos de unos se contraponen con los de otros en muchas ocasiones.
Cuando la frecuencia de los conflictos es elevada, el clima familiar pude llegar a deteriorarse y ese deterioro, a su vez, generar más conflictos.
Por ello, es esencial que el adulto identifique qué conflictos son innecesarios, qué situaciones potencialmente conflictivas se prestan a dejar de serlo.
Así, es muy importante diferenciar entre conflictos necesarios e innecesarios, pues aunque el conflicto tenga funciones positivas en el desarrollo personal del niño, un exceso de situaciones conflictivas puede desestabilizar la armonía de la dinámica familiar.
En el caso de los conflictos con los hijos, es responsabilidad de los padres detectar qué conflictos son necesarios y cuáles no lo son.
Cuando se conocen las características evolutivas y necesidades de la infancia, se posee una valiosa información para detectar conflictos innecesarios. Si tomamos conciencia de las necesidades de nuestros hijos y las satisfacemos, muchas situaciones conflictivas dejarán de serlo.

Por ejemplo, la expectativa de algunos padres a que sus hijos recojan sus juguetes es una fuente frecuente de conflicto.

Muchos adultos desean y esperan que sus hijos pequeños recojan sus juguetes cuando terminen de utilizarlos. Sin embargo, no consiguen que sus hijos lo hagan y esto genera innumerables conflictos en casa.
Si comprendemos que el hecho de recoger sus juguetes no despierta ningún tipo de interés en el niño, seremos capaces de plantearle la actividad de una manera más atractiva para él.
Así, podemos plantear la tarea de recoger como una tarea conjunta del niño con sus padres, en forma de juego.
Si somos un poco creativos, podemos organizar una actividad lúdica cuyo objetivo final sea que los juguetes queden guardados. Por ejemplo, se puede plantear emitir la onomatopeya del animal correspondiente antes de meter el juguete que representa a dicho animal en su sitio.
De esta manera, comprendiendo las necesidades de nuestros hijos y, simplemente, cambiando el planteamiento de la tarea en cuestión, estaremos evitando el conflicto innecesario motivado por la cuestión de recoger sus juguetes.
En resumen, en el caso de recoger los juguetes, podemos llevar varias acciones que eviten el conflicto innecesario:
          Acompañar y colaborar con el niño en la tarea de recoger los juguetes.
          Plantear la actividad de manera lúdica.
          Integrar la recogida de los juguetes como parte del juego.
          No exigir ni esperar que el niño haga las cosas como nosotros lo haríamos: comprender sus habilidades y necesidades emocionales.
          Evitar que la fase de recogida ocupe un período de tiempo amplio.
          Terminar nosotros la tarea cuando observemos que el niño está cansado o desmotivado.
 

Es importante tener en cuenta que el desarrollo emocional, social y cognitivo del niño se consolida para poder establecer y respetar acuerdos hacia los 5-6 años de edad, por lo que no tiene sentido tratar de que niños menores de esta edad respeten acuerdos asociados a recoger después de jugar.

 Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa
Col. Núm. M26931

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