Hace unos días publiqué un post sobre los riesgos de responsabilizar a nuestros hijos de nuestras emociones (si quieres leerlo, pulsa este enlace).

 

En él, comentaba la importancia de transmitir al niño que cada persona es responsable de sus estados emocionales y, por tanto, de la gestión de las mismas. Si hacemos responsable a otro de nuestras emociones, perdemos la capacidad de gestionarlas y cedemos todo el poder de la gestión al otro.

 

Sin embargo, ningún otro es capaz de gestionar nuestras propias emociones. Así, cuando responsabilizamos a otra persona de nuestras emociones, no sólo nos estamos incapacitando a nosotros mismos para su gestión si no que estamos cargando al otro con una responsabilidad que no puede asumir y que sólo le generará frustración, rabia o culpa.

 

A raíz de este post, muchas compañeras me comentaron sus dudas e impresiones al respecto. Una de las que más frecuentemente surgió entre estas dudas fue cómo gestionar entonces cuando un niño pega. Muchas madres le explicaban a su hijo que no debe pegar porque la otra persona se siente triste cuando le pegan.

 

En mi opinión, considero que la emoción de tristeza asociada a una agresión no está del todo bien identificada o nombrada. La tristeza es la emoción que surge ante una experiencia aversiva sobre la que no podemos intervenir (por ejemplo, una pérdida).

 

Sin embargo, ante una agresión (más aún cuando procede de un niño), generalmente sí tenemos la capacidad de intervenir. Podemos defendernos, por ejemplo. 

 

Por ello, considero que la emoción asociada a la agresión no suele ser la tristeza. Podría ser la ira (el enfado ante el ataque, ante la percepción de la vulneración de los propios derechos o la propia integridad) o el miedo (que surge como respuesta emocional ante una situación de peligro potencial o amenaza y nos impulsa a protegernos).

 

En este caso, la emoción de tristeza ante una agresión estaría erróneamente identificada. De este modo, estaríamos transmitiéndole al niño una información confusa sobre nuestro estado emocional.

 

No obstante, podría ser que a determinadas personas, el hecho de ser agredidas les despierte tristeza, en vez de enfado o miedo. En este caso, la emoción estaría adecuadamente identificada y nombrada.

 

Sin embargo, incluso así, el alegar que una persona no debe agredir a otra en base a la emoción que el agredido experimenta no me parece adecuada, pues estamos condicionando la pauta de no agresión a una consecuencia variable, ya que la emoción es una experiencia subjetiva cambiante de una persona a otra o, en la misma persona, de una situación a otra.

 

Así, si el niño comprende que no debe pegar porque el otro se pone triste, ¿qué sucedería ante una persona que no expresa tristeza si le pegan? ¿Sería, en este caso, adecuado, pegarle? O más aún, si el niño en cuestión no se siente triste cuando le pegan, ¿debería permitir que le pegasen?

 

En mi opinión, el respeto a la integridad física y emocional de los demás debe transmitirse como pauta universal, transmitiéndose el límite de no agresión en forma de “no debes agredir (física o verbalmente) a nadie porque ninguna persona merece ser agredida, porque hay que evitar hacer daño (físico o emocional) a los demás”, independientemente de la emoción o las consecuencias sobre el otro.

 

De este modo, el niño aprende a no agredir como pauta de respeto que no necesita justificación alguna del tipo “se pone triste” o “le duele”. Podemos añadir esto como información adicional, “cuando le pegas, puedes hacerle daño” o “a los demás no les gusta que les peguen” pero no debe ser ésta la base de la pauta de no agresión. La base debería ser la necesidad social de respeto a los demás.
 

 

Concretamente, podríamos decir “no debes pegar/insultar a nadie porque las personas han de respetarse. Si no quieres estar con alguien u otra persona te está molestando, aléjate, pero no le agredas”.

 

Si es a nosotras mismas a quienes pegan nuestros hijos pequeños, debemos transmitirles lo mismo “no me pegues porque yo, al igual que el resto de las personas, merezco que se me respete”. Tras esto, podemos ofrecer una alternativa no agresiva al niño, como que pida lo que necesita, que se aleje si es lo que desea, etc.

Si, además, queremos expresar cómo nos sentimos cuando nos pegan, identificando la emoción real que nos produce, podemos transmitirlo, pero no basar la pauta en ello.

Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa, Mujer, Desarrollo Personal.

Col. Núm. M26931

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