De las relaciones entre los miembros de la familia, incluidas las relaciones entre hermanos, dependen en gran medida las relaciones futuras que nuestros hijos tendrán cuando sean adultos.

El ser humano es un animal gregario, el animal social por excelencia. Vive en grupos más o menos grandes dependiendo de los recursos. La organización tribal que se daba al inicio de nuestra historia difiere mucho de la organización en familias nucleares que tenemos en la actualidad. Cada vez más pequeñas, cada vez más aisladas, las familias modernas son a veces insuficientes para atender las necesidades sociales de los niños.

Potenciar las habilidades de cada hermano, sin etiquetar ni comparar, es fundamental para evitar y prevenir conflictos, presentes y futuros. En tribu, conviviendo con grupos variados de personas que comparten espacios, tiempo y recursos, dejar que cada niño escoja lo que mejor sabe o quiere hacer es fácil. Sólo hay que darle libertad. En las familias modernas es mucho más complicado y sin embargo es un requisito indispensable para una buena socialización y por tanto para una vida futura sana.




Escuchar a los hijos, de forma independiente, respetarlos, animarlos a buscar su lugar en la casa y sobre todo no fomentar competiciones ni envidias es el eje para una convivencia feliz.