Foto de Charo Guijarro

El respeto es la consideración del valor intrínseco de la persona, entendido en términos morales y éticos.

 

En las relaciones interpersonales, el respeto al individuo parte de su reconocimiento como ser único cuyos intereses y necesidades son valorados y comprendidos por el otro.

 

Partiendo de la definición anterior, es evidente que el respeto debería marcar todas las relaciones interpersonales de manera mutua para el buen funcionamiento de las mismas.

 

De hecho, cuando en una relación hay respeto, las interacciones son óptimasy la sensación de bienestar, intensa.

 

Sin embargo, no todas las relaciones interpersonales están marcadas por el respeto. De hecho, hay muchas en las que existe una ausencia de respeto evidente. Esto es normal si tenemos en cuenta que vivimos en un sistema social muy competitivo y enormemente agresivo.

 

En nuestra cultura, el respeto se transmite como la base de la interacción social, pero la realidad es que nos resulta enormemente complicado relacionarnos desde el respeto.
¿Por qué nos es tan difícil respetar?

 

Respetar, tratar a otros con consideración y valoración no debería ser tan complicado. Sin embargo, la realidad es que muchas veces lo es. El clima violento de la sociedad no ayuda al respeto, lógicamente. Pero aún hay más.

 

El respeto no se transmite culturalmente como valor universal, como trato que todas las personas merecen por el hecho de ser personas (no vamos a entrar aquí en respeto a los animales porque sería complicarnos aún más para un solo post, pero por supuesto, hay que tenerlo en cuenta).

 

El respeto se transmite como valor adquirido. Se entiende como valor que sólo algunos merecen recibir, y este merecimiento se basa en distintos parámetros, como pueden ser la edad, el nivel sociocultural, el poseer ciertos títulos o aptitudes personales, etc. Por lo tanto, el merecimiento de respeto es algo que se logra, pero que también se puede perder.

 

Además, el respeto se aprende como valor condicionado. Esto quiere decir que se nos enseña a respetar en base a la amenaza de perder el cariño o la presencia de la persona a respetar: “si no haces/dices/te comportas (…) me enfado/me voy/ ya no te quiero”.
Desde pequeños, nos enseñan a respetar a otros en base a la consecuencia positiva que el respeto tiene y a la consecuencia negativa que la falta de respeto puede tener.

 

Así, se activa el miedo al abandono, a no ser querido, a ser rechazado y se respeta para evitar que lo temido se haga realidad. 

 

Aprendemos a respetar desde el miedo, en base a la amenaza de abandono.

 

Por lo tanto, al no ser un valor transmitido como universal, es fácil que el respeto se pierda en muchas ocasiones. Cuando la relación no es igualitaria, es sencillo caer en la falta de respeto. Un ejemplo claro de esto es el de un directivo hacia una empleada, una maestra hacia un alumno o un cuidador hacia un anciano dependiente.
Toda relación de poder es susceptible de ser abusiva
 

 

¿Y qué pasa con los hijos?

 

En cuanto al respeto hacia los hijos, lo que sucede es que la incondicionalidad de la relación sumada a la no universalidad del valor hace que sea muy difícil no caer en la falta.

 

En la relación con nuestros hijos pequeños tenemos la certeza de que no se van a marchar, no se pueden marchar. No nos van a abandonar ni nos van a dejar de querer. Así, no hay percepción de amenaza ni de condicionante.

 

Entonces, nosotros, que hemos aprendido a respetar desde la amenaza, en base al miedo al abandono o al rechazo, nos encontramos por primera vez en una relación abiertamente incondicional, en la que el abandono o el rechazo es imposible (a corto plazo).

 

De este modo, no se activan los esquemas mentales y emocionales aprendidos asociados al respeto. No tenemos esquemas asociados a la incondicionalidad. 
Sin esquemas mentales ni emocionales aprendidos y con referentes poco respetuosos en relaciones desiguales, nos encontramos en una situación de mucho riesgo de caer en la falta de respeto. Así, en la relación con nuestros hijos, el riesgo de caer en la falta de respeto es evidente.

 

Por esto nos es tan complicado criar con respeto. No tenemos referentes y, además, estamos habituados a respetar bajo condiciones, no sabemos respetar desde la incondicionalidad.

 

Con esto, es muy importante una revisión de los propios valores, en la que se le dé un matiz de universalidad al respeto. Sólo así podremos comenzar a respetar sin condiciones, empezando por nuestros propios hijos.

Mónica Serrano Muñoz
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa
Col. Núm. M26931
Consulta presencial (en Madrid) y online.
Petición de cita en: info@psicologiaycrianza.com