Muchos padres se enfadan cuando sus hijos no cumplen las normas de convivencia.

 

De hecho, muchas veces, acabamos recordando al niño la norma o intentando establecer la norma desde el enfado.

 

Situaciones cotidianas como recoger sus juguetes, lavarse los dientes o ayudar a poner la mesa pueden llegar a convertirse en motivos de enfado para los padres y continua transgresión por parte de los niños.

 

Muchas veces nos quedamos sin alternativas para lograr que las normas de convivencia se conviertan en hábito y nos vemos inmersos en conflictos diarios, acompañados de mucho malestar, para intentar que se cumplan.

 

Al final, acabamos generalizando el intentar establecer una norma desde el enfado, con los modos y gestos agresivos que dicho enfado motiva y sin lograr, casi nunca, que los niños las cumplan o consiguiendo que las cumplan con mucho malestar.

 

El enfado, la ira no es la emoción adecuada para transmitir una norma y que los niños la entiendan y la cumplan. 
Esto queda explicado por la teoría de Grusec y Goodnow, que parte de la idea de que la presión socializadora de los adultos no conduce invariablemente a una apropiación de normas y valores por parte de los niños.

 

Grusec y Goodnow (1994) proponen un modelo de interiorización de normas y valores según el cual dicha interiorización depende de:

 

1. La percepción que el niño tiene de las intenciones de sus padres, basada en la claridad de los mensajes, la capacidad del niño para interpretar dichos mensajes, sus sesgos a la hora de interpretar y su estado emocional.

 

2. El grado de aceptación de dichos mensajes, que depende de la calidez de la relación padres-hijo y de hasta qué punto la actuación del adulto es considerada justa o no y proporcionada para el niño al que se dirige.

 

3. El grado de percepción de propia participación por parte del niño en la elaboración en vez de vivirlos como una mera imposición por parte del adulto.

 

Cuando transmitimos una norma desde el enfado, la intención que el niño percibe es una intención negativa, pues las formas de comunicarnos cuando estamos enfadados suelen ser agresivas.

 

Generalmente, el niño no considerará justa nuestra acción cuando estamos enfadados y, probablemente, tampoco la considere proporcionada.

 

Además, cuando transmitimos una norma desde el enfado, no dejamos cabida a la participación del niño en la elaboración de la misma y, posiblemente, la vivirá como una imposición.

 

Por lo tanto, cuando nos enfadamos porque no se está cumpliendo una norma y tratamos de transmitirla desde el enfado, estamos contribuyendo a que el niño rechace la norma que queremos transmitir. El enfado hace que la forma de transmitirla genere rechazo en el niño.

 

¿Cómo transmitir una norma para favorecer su interiorización?

 

Para favorecer la interiorización de las normas de convivencia es preciso tener en cuenta que no es hasta los 4-5 años cuando los niños están preparados evolutivamente para poder comprender las normas.

 

Por otra parte, es necesario entender la naturaleza de la norma: pauta de comportamiento que regula la convivencia, que es flexible y modificable.

 

Además, es imprescindible tener siempre presente que la transgresión forma parte del proceso de interiorización de la norma y que ser capaz de transgredir normas es esencial para desenvolverse de manera adaptativa en la vida.

 

Por último, debemos ser muy conscientes de que la capacidad de asimilación de normas desde el bienestar es limitada para las personas y, aun más, para los niños, por lo que debemos ser muy cautos con el número de normas de convivencia que quereos transmitir.

 

Teniendo estas aclaraciones en cuenta, para favorecer la interiorización de normas y valores es positivo que sigamos el modelo más arriba explicado. Para ello debemos tener en cuenta estas tres consideraciones:

 

El niño debe percibir intenciones positivas en sus padres cuando se transmite la norma. Debe recibirla en un momento de bienestar emocional y debe tenerse en cuenta su capacidad cognitiva de interpretación de la misma.

 

El niño debe considerar justa y proporcionada la acción de sus padrespara establecer la norma.

 

El niño debe sentirse partícipe de la elaboración de la norma.

 

Por ello, es importante que las normas se acuerden con los niños, en momentos tranquilos, fuera del conflicto, lejos de la situación en la que ha de cumplirse.

 

Así, no transmitiremos al niño que ha de lavarse los dientes, por ejemplo, justo en el momento en que debe lavárselos, si no que lo acordaremos con él en otro momento del día en el que todos estemos tranquilos y emocionalmente cómodos.

Mónica Serrano Muñoz
 
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa. Crecimiento personal. Acompañamiento en momentos de cambio y crisis.

 
Col. Núm. M26931 

 
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