Seguramente a todos nos resulte habitual comentarios del tipo «eres peor que un niño» o «pareces un bebé» para hacer referencia a un comportamiento adulto inadecuado.
Estos comentarios, generalmente dichos con cariño o paternalismo, aunque a veces dichos con ira y desaprobación, se emiten y reciben con naturalidad en nuestro entorno.
Sin embargo, si nos paramos a analizarlos con cierta profundidad veremos que transmiten un valor social importante, del cual debemos ser conscientes.
Los comentarios que utilizan a la infancia para mostrar desaprobación de comportamientos adultos o de niños más mayores están transmitiendo que las características o actitudes infantiles son reprochables, negativas, cuando las emite un adulto o un niño más mayor.
De hecho, este tipo de comentarios, cuando se hacen de forma comparativa (eres peor que…) sitúa a la infancia en el polo más negativo de la relación de comparación.
Así, de una manera natural y poco cuestionada, se transmite socialmente que los bebés y los niños tienen características negativas, indeseables y se les pone como ejemplo de lo que no se debe hacer.

Una mirada crítica a este tipo de comentarios

Sin embargo, si observamos este tipo de comentarios de una manera crítica entenderemos la carga social y emocional del mismo.
Cambiemos el objeto del comentario y en vez de decir «eres peor que un niño» y pongamos un complemento adulto. Nos quedaría un comentario de este tipo: «eres peor que una mujer» o «eres peor que un chino» o «eres peor que una peluquera».
Ante estos comentarios, la reacción social sería de rechazo y fuerte reprobación. Probablemente se tacharía al autor del comentario de algún -ista (machista, racista, clasista…).
Esto nos indica que hay cierta actitud social de protección a diferentes colectivos formados por adultos. Sobre los colectivos que tradicionalmente han sido rechazados o infravalorados (las mujeres, las minorías étnicas…) hay una tendencia general al respeto y la protección, al menos socialmente, de cara a la galería (salvo por parte de colectivos específicos).
Sin embargo, hacia los niños no existe esta tendencia de respeto y protección por parte del grupo social, ni si quiera aparente. Se aceptan comentarios peyorativos, se permite dar un cachete (incluso en público) o no responder a su llanto.

¿Por qué la sociedad permite los comentarios que desvalorizan a la infancia?

Llegados a este punto, es esencial preguntarnos por qué la sociedad en general permite y asume con naturalidad estos comentarios que desvalorizan a la infancia y señalan que ésta es una etapa de la vida que presenta características negativas a las que no hay que volver cuando se es más mayor y, sin embargo, protege otras etapas de la vida (la edad adulta concretamente).
Pues bien, la respuesta es sencilla: nuestra sociedad está marcada por una cultura adultocentrista. Esto es, la sociedad valora la edad adulta y sus características. Asimismo, trata de que las personas se organicen en torno a las necesidades adultas y se interpreta la realidad desde la perspectiva del adulto.
Esto es comprensible en una sociedad orientada al consumo, pues son los adultos los que forman el colectivo que produce (a través del trabajo) y que consume (pues tiene poder adquisitivo que le permite hacerlo). Los colectivos que forman la infancia y la vejez son infravalorados, ignorados, pues no producen a través del trabajo y consumen sensiblemente menos que los adultos. Así, son colectivos etarios que no interesan a la sociedad de consumo.
Es por ello que a estos grupos de edad (niños y personas mayores) se les desvaloriza o falta al respeto con un respaldo social que legitima estos actos. Por su puesto, se condena el maltrato marcado, pero no las faltas de respeto sutiles y «hechas desde el cariño». Esto es otra de las caras de la sociedad hipócrita que nos engaña y manipula desde que somos niños casi sin que nos demos cuenta.

¿Qué consecuencias tiene esto sobre la crianza de los hijos?

Esta actitud general, socialmente aceptada y, muchas veces, ni si quiera cuestionada, tiene consecuencias claras sobre la crianza de los hijos.
La creencia que la sociedad nos transmite sobre que la infancia es una etapa de la vida poco importante, que acarrea características negativas que han de superarse, queda en nuestro inconsciente colectivo y afecta a la forma en la que nos comportamos.

Según Carl C. Jung, el inconsciente colectivo es una capa estructural de la psique humana que contiene elementos heredados, difiere del inconsciente personal. Representa a todos aquellos contenidos psíquicos que son peculiares no de un individuo, sino de muchos individuos a la vez, esto es, de una sociedad, de un pueblo o de la humanidad.

De esta manera, la falta de valoración a los niños puede influir en como criamos a nuestros hijos. Si se nos ha transmitido el escaso valor de la infancia, seremos menos capaces de relacionarnos con nuestros hijos con respeto. Asimismo, tenderemos a decidir por ellos, a no respetar sus ritmos, a imponer las necesidades del adulto sobre las del niño, a dejarlos llorar…
Así, la tendencia social adultocentrista limita la crianza respetuosa y empuja a los adultos (casi sin que éstos sean conscientes de ello) a criar a sus hijos de una manera inflexible y autoritaria que merma la autoestima, la confianza en sí mismos y la asertividad de los niños, entre otras características.
Por ello, es sumamente importante que los padres desarrollen la crianza de sus hijos de una manera consciente, crítica y reflexiva.