En una crisis mundial como la que estamos viviendo, la autoexigencia , lógicamente, no ha desaparecido. En situaciones de confinamiento, las personas criadas en la cultura de la hiperproducción y del hiperconsumo, obligadas a parar por el confinamiento, continuamos exigiéndonos producir lo que en esta condiciones sea posible: crecimiento personal, mejora en las relaciones familiares, cuidado físico, reconversión profesional, desarrollo espiritual…

Se ofrecen miles de propuestas para que no «perdamos el tiempo» mientras dure esta situación. Esta oferta masiva y general, se traduce en el sentir colectivo como un deber, el deber hacer algo que produzca aprendizaje o crecimiento durante el confinamiento. Aunque todo se detenga, aunque no se pueda salir de casa, se nos insta a seguir consumiendo productos y servicios (especialmente virtuales) que produzcan un beneficio en la persona durante el confinamiento.

De este modo, de manera implícita, se penaliza el «no hacer nada», el quedarse bloqueado, el sentir apatía, el detener el consumo, la producción y el crecimiento durante un tiempo tan extraño e incierto como el que estamos  viviendo.

Y muchas personas se sienten mal, en desventaja, débiles por no comprender el confinamiento como una oportunidad de consumir productos y servicios que nos hagan aprender y crecer o como una oportunidad de trabajar las relaciones familiares o como una oportunidad de crear, construir y reinventar.

Se ha negado, de alguna manera, a través de esta idea de oportunidad de reinventarse y crecer, el derecho a detenerse, a ponerse en cuarentena mental y emocional también, a fluir en la no productividad personal, a estar triste y desganada. Y las personas que están en este momento de bloqueo y apatía se sienten culpables y frustradas.

Con este texto trato de poner la atención en este mecanismo que observo desde que empezó el confinamiento , para aportar algo de luz a estos sentimientos que surgen asociados a la autoexigencia derivada de la hiperproductividad.

Mónica Serrano