Muchas veces, cuando reflexiono sobre un concepto cotidiano, me gusta analizar su definición porque ella me ayuda a la toma de conciencia de lo que el concepto en sí entraña. Cuando se trata de conceptos cotidianos, muchas veces, la mera costumbre de tratarlos hace que perdamos la apreciación consciente de todo lo que implica. Para mí, el término obedecer es uno de estos conceptos.

 

El verbo obedecer se define como cumplir la voluntad de quien manda. En animales, ceder con docilidad a la dirección que se le da.

 

La definición en sí transmite la priorización de la voluntad del otro. Pero si definimos el término voluntad, veremos que la obediencia puede ser peligrosa.

 

Voluntad se define como libre determinación, como facultad de decidir y ordenar la propia conducta, como la elección de algo sin precepto o impulso externo que a ello obligue.

 

De este modo, obedecer es permitir que otro determine, decida o elija lo que tiene que hacer uno. Podría considerarse como la anulación de la propia voluntad.

 

Retomando la definición de voluntad, obedecer podría considerarse como la anulación o cesión de la capacidad de decidir y regular el propio comportamiento.

 

Los niños y la voluntad

 

Cuando se trata de niños y de la interacción con ellos, suelen surgir muchas dudas y errores de concepto en cuanto a lo relacionado con la obediencia.

 

Está claro que los niños pequeños necesitan protección y cuidado del adulto para poder desarrollarse. También necesitan un marco orientativo sobre cómo relacionarse con su grupo social y con su entorno.

 

Esta necesidad de acompañamiento por parte del adulto, muchas veces se ha confundido con la necesidad de que el niño obedezca, de que su determinación personal sea suplantada por la del adulto, de que sea el adulto quien decida por él.

 

Los niños, desde que nacen, tienen voluntad. Primero, marcadas por el instinto de supervivencia, que sería una voluntad basada en el impulso de satisfacer sus necesidades vitales de contacto, alimentación y descanso. Esta satisfacción requiere la respuesta del adulto a la demanda del bebé, pero no olvidemos que la demanda parte del bebé.

 

Después, la voluntad del bebé se expresa en forma de necesidad de exploración, juego y movimiento. El bebé desea experimentar, observar, jugar… y esto le permite desarrollarse.

 

Más tarde, el niño expresa su voluntad de una manera más orientada a la acción y el logro de objetivos personales. Decisiones sobre su propio cuerpo, como por ejemplo qué ropa prefieren, preferencias en cuanto al tipo de actividad a realizar o elección sobre con qué personas desea interactuar surgen espontáneamente en los niños.

 

La voluntad del niño es el motor del desarrollo de sus habilidades personales. La creatividad, la capacidad de tomar decisiones, la motivación, el autocontrol, el autoconcepto, etc, se desarrollan en base a la posibilidad del ejercicio de la propia voluntad.

 

De hecho, la voluntad infantil permite al niño conectar con lo más profundo de su ser, con sus necesidades emocionales y físicas para poder detectarlas y buscar la manera de satisfacerlas.

 

“Hágase su voluntad…”

 

Es evidente que el adulto debe cuidar y proteger al niño y que esto es prioritario a todo lo demás, incluida la voluntad del niño. Así, toda acción que entrañe peligro para el niño o para otras personas ha de evitarse, aunque la voluntad del niño sea efectuarla.

 

Sin embargo, existen otras muchas situaciones en las que la voluntad del niño puede respetarse. De hecho, éstas son la mayoría.

 

No obstante, la realidad es que muchas veces al adulto le resulta tremendamente complicado respetar la voluntad del niño. 

 

El miedo a que el niño se convierta en un adulto inadaptado, marginal o rechazado por la sociedad impulsa a muchos adultos a eliminar todo acto de voluntad del niño.

 

En nuestra cultura existe la creencia de que si a las personas no se las controla, dirige, somete… desarrollarán características asociales, peligrosas, dañinas. Esta creencia anula toda la confianza en el potencial positivo del ser humano, subyugándolo al orden social establecido para así, poder sustentar dicho orden.

 

Sin embargo, la consecuencia de esto es muy negativa para la persona. El individuo que crece con la anulación de su voluntad, queda vetado a desarrollar su capacidad de tomar decisiones, a confiar en sí mismo, a tener criterio propio.

 

Esto se traduce en personas con un autoconcepto negativo, poca seguridad en sí mismo, incapaces de establecer relaciones igualitarias, desmotivados e indefensos. Esto le generará mucho malestar a lo largo de toda su vida.

 

Por el contrario, cuando se permite al niño ejercitar su voluntad, se le está permitiendo aprender a tomar decisiones, a desarrollar un pensamiento crítico, a construir una autoimagen positiva de sí mismo, a marcarse objetivos realistas y actuar para lograrlos. 

 

No aspiremos a que nuestros hijos nos obedezcan

 

De todo lo anterior se deduce que, puesto que obedecer es ceder el ejercicio de la propia voluntad en beneficio de la voluntad del otro, el hecho de que nuestros hijos obedezcan no es positivo para su desarrollo.

 

No se trata sólo de que los niños desobedezcan. El reto real es que el adulto sea capaz de acompañar al niño sin darle órdenes, respetando su voluntad y resolviendo los conflictos de voluntades desde el respeto mutuo y la perspectiva de que el niño, desde el ejercicio de su voluntad, desarrollará habilidades personales positivas y protectoras para el resto de su vida.