¿A cuántas mujeres adolescentes conoces satisfechas con su cuerpo, su cara, su pelo… con su imagen en general?  ¿Y mujeres adultas?

 

Mejor aún, ¿a cuántas mujeresinsatisfechas con su cuerpo conoces?

 

Seguramente que todas nosotras conocemos a muchas mujeres verdaderamente descontentas con su cuerpo, con su imagen. Es más, seguro que conocemos a más mujeres insatisfechas que satisfechas.

 

Desde el comienzo de la adolescencia hasta la vejez, muchas mujeres se sienten muy descontentas con su físico. Esto representa casi la totalidad de su período vital. Quizás sea sólo la infancia, la etapa vital en la que no se sienta esta insatisfacción con la autoimagen.

 

Es duro, ¿verdad?, pues esto significa que muchas mujeres pasan más una tercera parte de sus vidas sintiéndose descontentas con su imagen y esto genera mucho malestar emocional.

 

Nuestro cuerpo, nuestra cara, nuestra imagen física es una parte de nosotras tan importante como las demás. Rechazar la forma de nuestro cuerpo es no amar una parte de nuestro ser, lo cual nos puede llevar a descuidarlo (bien sea por dejadez y negación, bien sea en un intento desesperado de modificarlo).

 

El descuido del propio cuerpo provocado por el rechazo a la propia imagen genera múltiples problemas psicológicos y emocionales, tales como tristeza, inseguridad, baja autoestima, pobres relaciones sociales, etc., pudiendo derivar, en algunos casos, en trastornos psicológicos graves.

 

La cuestión es por qué tantas mujeres construyen la percepción de su autoimagen y, de ahí, su autoconcepto, desde la insatisfacción y el rechazo.

 

Pues  bien, la primera explicación está relacionada con el canon de belleza que la sociedad transmite sobre las mujeres: un canon de belleza inalcanzable. La extrema delgadez, la eterna juventud, la rigidez de dicho canon… hace que la mayor parte de las mujeres jamás logren alcanzarlo.

 

La televisión y el cine, la publicidad y la moda nos transmiten de manera directa y agresiva este canon tan excluyente de manera constante.

 

Por otra parte está lo que las mujeres referentes de las niñas transmitimos. Nosotras mismas estamos condicionadas por ese canon de belleza inalcanzable y por la frustración que ello genera. Así, muchas veces contribuimos al desarrollo de la percepción de la autoimagen de las niñas marcado por la insatisfacción y el rechazo.

 

¿Cuántas de nosotras mostramos satisfacción, cariño y respeto por la imagen que vemos cuando nos miramos al espejo?

 

Frases (o pensamientos) del tipo: qué mal me sienta este vestido, hoy estoy horrorosa, debería adelgazar, tengo las tetas muy caídas, qué gorda estoy, qué mal tengo el pelo, qué flaca estoy, mi nariz es demasiado grande o mis dientes no son suficientemente blancos surgen de manera espontánea cuando nos miramos al espejo.

 

Estamos tan acostumbradas a tener este tipo de pensamientos que ya ni nos damos cuenta de lo agresivos que son. ¡Y nos los dedicamos a nosotras mismas! 

 

Sin embargo, el mensaje destructivo de estos pensamientos es brutal para nuestro mundo psicológico y emocional, pues estamos recibiendo agresiones constantes hacia nosotras mismas por parte de nosotras mismas.

 

Nos convertimos en nuestra peor enemiga cuando se trata de valorar nuestra imagen física. Somos crueles, irrespetuosas, duras y desconsideradas hacia una misma cuando del propio cuerpo se trata.

 

Obviamente, esto afecta a nuestra autoestima y a nuestra autovaloración muy negativamente y todo ello incide directamente en los esquemas relacionados con lo que yo merezco (y no merezco), lo que yo valgo (y no valgo), lo que yopuedo esperar de la vida (y lo que no puedo esperar), etc.

 

Así, nos encontramos numerosas mujeres que no se valoran positivamente, que creen que no pueden esperar demasiado de la vida, que consideran que no son lo suficientemente válidas para lograr sus objetivos o que no merecen ser felices.

 

¿Cómo rompemos con todo esto? ¿Cómo protegemos a nuestras hijas?

 

En realidad, la influencia social con su canon de belleza inalcanzable y su patrón de hipersexualización es, en gran medida, inevitable. Sin embargo, sí que podemos reducir su impacto sobre nuestras hijas.

 

En mi opinión, la manera de reducir el impacto es la compensación. Compensar el mensaje que la sociedad transmite ofreciendo referentes realistas.

 

Esto supone buscar cuentos respetuosos con la imagen de la mujer, películas en las que las protagonistas tengan rasgos que se alejan del canon, etc. Es complicado, a veces, encontrar este material, pero poco a poco se va consiguiendo.

 

Pero la labor más importante parte de nosotras mismas, las madres. De nuestra autovaloración y de la manera que nos relacionamos con nuestro físico.

 

Si respetamos nuestro cuerpo, valoramos nuestra imagen, amamos nuestro físico desde la aceptación incondicional que merece, nuestras hijas aprenderán a aceptar, amar, cuidar y respetar el suyo tal como es.

 

Obviamente, en muchos casos, alcanzar esta autoaceptación y autovaloración resultará un proceso complicado. Sin embargo, es el principio para la propia liberación y la protección a nuestras hijas.

 

Cambiemos el mensaje de rechazo, insatisfacción y decepción sobre el propio cuerpo por el mensaje de aceptación, amor y respeto por una misma. Y de aquí, por su puesto, a la aceptación y respeto por la imagen de todas las personas que tenemos alrededor. 

 

Sólo así, nuestras hijas podrán construir la percepción de su autoimagen y su autoconcepto de una manera sana, positiva, empoderante y feliz.
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