Crianza respetuosa: pensamiento polarizado y sentimientos ambivalentes, desde el amor y el miedo

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Desde mis acompañamientos individuales y en los grupos que cuido, en las formaciones y en todo el contacto con mujeres desde hace más de una década y enfocando mi trabajo a la psicología de la maternidad consciente y la crianza respetuosa, he podido observar cómo es tan intenso y tan frecuente el sentimiento de estar fallando, de estar haciéndolo mal, de sentir una culpa impresionante, de sentirse una madre que no es lo suficientemente buena, una madre que es capaz de hacer daño. De sentir muchísimo miedo, frustración, culpa y vergüenza.

Y esto no es algo casual que le sucede a algunas mujeres porque son tendentes a sentirse así , por su personalidad o por lo que sea, sino que sucede de una manera muy generalizada y muy amplia. Y es aquí donde tenemos la pista de que esto no es algo personal, esto no es algo que suceda por maneras de ser particulares sino que surge por algo más social, por algo más estructural por algo más sistemático que nos está afectando a todas.

Os voy a transmitir una idea muy importante, esencial, que creo que es básica para que podamos comprender y manejar posteriormente este sentimiento de frustración y de culpa , vergüenza y miedo de ser una madre horrible y es muy importante para mí que os llegue esta idea.

La crianza respetuosa es un tipo de crianza que surge como reacción la crianza tradicional, una crianza autoritaria, más violenta, más centrada en la necesidad del adulto que en las de los niños, obviando mucho la parte emocional.

Aquí surge un deseo, una intención de criar de otra manera o de una manera más afectiva, más cuidadosa, más respetuosa con las necesidades de los niños.

La crianza respetuosa, y ésta es la idea que quiero señalar, se construye desde la ambivalencia de dos emociones: el amor y el miedo.

El amor por las hijas y los hijos, el deseo de cuidarlos y acompañarlos. De que crezcan sanos, íntegros y felices, que tengan una vida plena, un amor inmenso.

Pero también el miedo está muy presente en la construcción de la crianza respetuosa. El miedo a que nuestras hijas e hijos sufran lo que nosotras hemos sufrido o hemos visto a otras personas sufrir por crianzas más autoritarias, más violentas, más tradicionales.

La crianza respetuosa surge del amor y del miedo.

Aquí hay una ambivalencia, porque amor y miedo son emociones contrapuestas. Me quiero acercar a la persona. Me quiero acercar desde el amor, pero a la vez quiero alejarme de un modelo que es el modelo que rechazo.

Se construye, de una parte, por aproximación a una persona, a su desarrollo integral y por otra parte por ese deseo de alejamiento por oposición.

Y se construye también mucho desde el dolor. El dolor de las violencias sufridas o las violencias observadas en otras niñas y niños. Desde ese dolor y desde esa posición surge una necesidad muy fuerte de protección. Un componente de protección a esa persona que tenemos ahora en nuestras vidas, que vamos a acompañar en su desarrollo y crecimiento. Entonces hay una parte protección muy fuerte, de protección de que esa persona no sufra los daños que nosotras hemos tenido o hemos visto en otras niñas otros niñas.

Hay una parte de protección defensiva. Desde esta ambivalencia entre amor y miedo, la necesidad de protección y añadimos la falta de referentes disponibles porque no es la manera de criar más típica ni probablemente la que hemos podido ver, ni conocer, en nuestro entorno cercano.

Aquí se produce un pensamiento polarizado, un sistema de pensamiento extremo, totalitario, desde esa actitud defensiva; desorientada por la falta de referentes y esa importancia que para una tiene la crianza por ese componente del amor, el amor tan intenso a nuestras hijas e hijos.

Desde esa sensación de que esto es muy importante para nosotras, pero además tenemos miedo, tenemos que proteger y defender a los niños, y no tenemos referentes disponibles, el sentimiento se polariza, se extrema.

También, muchas veces, estamos tratando de proteger a nuestra niña interna herida, no sólo a nuestras hijas e hijos. Si hay una parte nuestra herida emocionalmente que no ha sanado, también se intenta proteger a esta parte de nosotras.

¿Qué sucede con este sistema de creencias tan polarizado, esta estructura de pensamiento tan totalitaria marcada por esos sentimientos encontrados de amor y miedo, por esa necesidad de proteger y la importancia de acompañar de la manera óptima a esa niña o niño?

Resulta que la información que nos llega en textos, en conversaciones, en experiencias, por las redes, referente a la crianza se filtra y lo interpretamos y asimilamos de esa manera polarizada, desde el todo-nada, desde el siempre-nunca, una manera muy poco matizada. No hay posibilidad de matices ni de flexibilidad.

Entonces las ideas de crianza se asimilan como dogmas absolutos. Como algo que es o así o es así, en contrarios. Se construye mucho por oposición en crianza y se establecen batallas internas y batallas con otras personas, en temas muy polarizados que se viven de maneras muy extremas.

Desde este dogma absoluto construimos nuestros objetivos, nuestras expectativas, que son inalcanzables. No podemos alcanzarlas porque ningún ideal totalitario es realista.

No podemos ser 100% de esta manera, o actuar 100% siempre esta otra, o nunca de esta otra manera… Por ejemplo, con el tema de gritar a los hijos, de alzar la voz: “Yo nunca grito a mis hijos”, “Una madre respetuosa nunca grita a sus hijos”. “Siempre se comunica de manera tranquila, asertiva y de manera pacífica”. Esto no es realista.

El dogma totalitario me va a llevar a la frustración, a la vergüenza, a la culpa.

Desde ese dogma totalitario se construyen también otras creencias absolutas y totalitarias, entonces se genera un sistema de creencias. Si no logras cumplir al 100%, por ejemplo, no gritar a tus hijos, hablar a tus hijos con respeto, la consecuencia que establecemos suele ser muy polarizada, del tipo: “vas a generarle un trauma, un daño emocional insuperable, algo horrible.”

Entonces tenemos que del pensamiento totalitario sigue la consecuencia totalitaria, por tanto se activa aquí esa parte defensora de las niñas y niños, de su integridad, desde ese miedo, de lo que sufrimos o vimos a otros sufrir. Se construye desde el amor, el miedo y la falta de referentes.

Al final estamos sin referentes disponibles y los creamos totalitarios. El ideal de la madre respetuosa, cómo se comporta el niño criado con respeto, son referentes creados desde ese pensamiento totalitario.

Aquí estamos creando una relación muy violenta con la crianza respetuosa, porque el pensamiento totalitario, las expectativas inalcanzables, la construcción a través de ideales irrealistas es violenta. Nos estamos violentando. Estamos teniendo una relación dogmática, polarizada, totalitaria con la crianza respetuosa. Nos estamos basando en referentes idealizados que tienen características extremas y que no existen. Y esto nos lleva a una frustración constante, porque no cumplimos al 100% los dogmas.

Estamos en estos siempre-nunca. Y si no cumplimos, si no hacemos siempre lo que se supone que hay que hacer, o hacemos alguna vez lo que nunca se debe, que nos va a pasar porque somos personas, somos seres humanos, no somos ideales, entonces hay muchísima frustración, dolor, miedo y culpa.

Y además, como hemos generado referentes ideales, esto nos enfrenta entre nosotras, entre mujeres, entre madres. Nos comparamos, nos criticamos y, de alguna manera, competimos. Porque tratamos de asemejarnos a ese referente idealizado y totalitario, ese referente imaginario de la crianza respetuosa y tratamos de proteger la imagen que las demás tienen de nosotras.

No queremos parecer malas madres, no queremos que piensen que lo hacemos fatal y no queremos que piensen que estamos fallando al modelo. Entonces hay muchísimo miedo y protección no solo a los niños, sino a nuestra imagen personal, a la imagen que los demás tienen de nosotras.

“Soy una madre respetuosa y no puedo reconocer ante las demás que pierdo los nervios, que grito, que le dejo la pantalla para descansar porque no puedo más, que a veces no cocino y le doy cualquier cosa, que a veces no tengo fuerzas para jugar con él o no me apetece nunca, o casi nunca, porque no me divierto jugando”.

No nos atrevemos, nos protegemos desde ese pensamiento totalitario, nos protegemos de la imagen y de los juicios que las demás podrán hacernos.

Todo esto es normal que nos esté pasando que nos sintamos pésimas, que nos exijamos muchísimo, que nos comparemos y frustremos, porque estamos construyendo un modelo sin referentes desde el amor y el miedo y entonces hay un sistema que se polariza.

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Mónica Serrano

Psicóloga Humanista

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