Cuando pensamos en la ira y en cómo suele expresarse, la mayoría de nosotras pensamos en gritos, portazos, palabras agresivas, movimientos bruscos… Asociamos las expresiones de la ira con acciones brutas, fuertes, intensas…

 

Sin embargo, la ira también puede expresarse de manera silenciosa, poco visible, no explosiva pero igual de dolorosa o, incluso, más que la expresión explosiva intensa.

 

La retirada de afecto, el silencio, una mirada desaprobatoria o una amenaza en tono tranquilo son expresiones no explosivas de la ira pero que, sin embargo, también son agresivas. Su forma tranquila y poco ruidosa no la eximen, muchas veces, de ser violenta.

 

Es importante que analicemos las propias expresiones de la ira teniendo en cuenta que algunas reacciones no explosivas sí son agresivas, para poder identificarlas como primer paso para poder transformarlas en respuestas más asertivas.

 

¿Cómo detectar la agresividad de una reacción?

 

La agresividad hace referencia a un patrón de actividad de intensidad variable cuyo objetivo es defenderse de un peligro, a través del ataque o la intimidación.

 

En las interacciones con los hijos, las reacciones agresivas son, generalmente, fruto de un peligro potencial interpretado. Sentimos la necesidad de defendernos de algo que consideramos dañino, que obstaculiza el logro de nuestros objetivos o que impide nuestro bienestar.

 

Podemos identificar las reacciones agresivas cuando la intención de las mismas es el ataque, la amenaza o el intento de asustar al otro para que cese en su acción o no vuelva a repetirla.

 

Cuando en nuestra intención va implicado (explícita o implícitamente) algún tipo de daño al otro, podemos identificar que la reacción es agresiva.

 

Un silencio, una mirada de desprecio, un gesto, cuyo objetivo es generar malestar en el otro, para que cambie su comportamiento como consecuencia del malestar que le estamos generando con nuestra reacción, es agresivo.

 

La diferencia reside en la intención.

 

Para clarificar esta diferencia, valdría el siguiente ejemplo: si mi emoción de ira me hace necesitar estar sola un rato, en silencio, y le explico a la otra persona que necesito un rato de calma, no estaría reaccionando con agresividad.

 

Por el contrario, si retiro la palabra a alguien para que se sienta mal porque no le hablo y no vuelva a comportarse de cierta manera, entonces sí es agresivo.

 

La intención marcará la diferencia de mi manera de explicar al otro mi necesidad, de lo que transmito desde la comunicación no verbal, de lo que el otro interpreta o recibe de mi reacción y la emoción que le genera.

 

Por tanto, las reacciones no explosivas también pueden ser agresivas y, por ello, negativas para la relación entre padres e hijos, pareja, familia, etc.

 

Así pues, debemos analizar las intenciones de nuestras reacciones para detectar agresividad como punto inicial para transformarla en asertividad.

La ira puede expresarse de manera no agresiva. Esto es especialmente importante cuando se trata de interacciones familiares. El análisis de la propia ira y de cómo la expresamos puede ayudarnos a vivir nuestra ira y gestionarla de manera positiva y empoderante.

Mónica Serrano Muñoz
 
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

 
Col. Núm. M26931 

 
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