Los objetos de apego son objetos que ayudan al bebé a calmarse y le aportan bienestar emocional en situaciones complicadas, como el período de adaptación a la guardería, cuando tienen que dormirse solos o cuando se sienten frustrados o desolados.

Un oso de peluche, una mantita o el propio chupete son los objetos a los que el bebé suele apegarse típicamente.

Pero, realmente ¿qué significa que un objeto se convierta en objeto de apego o transicional para el bebé?






Pues bien, esto significa que el bebé establece un vínculo afectivo con un objeto. Tener consigo dicho objeto le hace sentirse seguro, confiado y le ayuda a calmarse. Esto significa que el bebé está tratando de cubrir sus necesidades afectivas de seguridad básica y confianza en su entorno a través del vínculo con un objeto.

De alguna manera, el bebé se está relacionando con el objeto de apego para conseguir la seguridad y el bienestar emocional que le aporta la relación con sus figuras de apego (padres y/o cuidadores principales). Así, el objeto de apego o transicional ayuda al bebé a independizarse emocionalmente de sus figuras de apego.

Cuando sus padres no están con él, el bebé se aferra a su objeto de apego intensamente. Para el bebé, este objeto representa la seguridad y tranquilidad que le ofrecería la presencia de sus padres.

Muchos adultos asumen la necesidad de un objeto de apego (o del chupete) por parte de su bebé como algo natural en los bebés. No se plantean la posibilidad de no ofrecer este tipo de objetos (especialmente, el chupete) o no conocen la verdadera naturaleza de estos objetos.

¿Por qué algunos bebés necesitan objetos de apego?

En nuestra sociedad, el uso de chupetes y otros objetos de apego por parte de los bebés está muy extendido.

Sin embargo, esta conducta de nuestros bebés no se produce de manera tan extendida en bebés de otras culturas. Esto debería hacer que nos planteásemos por qué, entonces, en nuestra cultura está tan extendido el uso de objetos de apego por parte de los bebés.

Pues bien, la explicación obvia a este hecho es que en nuestra cultura tendemos a fomentar la independencia emocional de los bebés desde edades muy tempranas. Probablemente, esto se debe a los requeriminetos sociolaborales de los padres, que han de separarse de sus bebés muy pronto para ir a trabajar.

Naturalmente, los bebés humanos nacen con una inmadurez tal que les hace ser innatamente dependientes de su cuidador principal. Necesitan al adulto para satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia (alimento, cobijo, protección). Pero entre estas necesidades básicas se encuentra, también, la necesidad de afecto y contacto.

De hecho, la necesidad de afecto y contacto con su cuidador principal es una herramienta natural del bebé que garantiza que se satisfagan el resto de sus necesidades. Si el bebé reclama contacto casi permanente con su cuidador principal, a través de este contacto está propiciando la satisfacción del resto de sus necesidades, pues la cercanía con su cuidador le proporcionará el resto (alimento, cobijo, protección…).

Así, el bebé, desde su nacimiento, va estableciendo un vínculo afectivo con su cuidador principal que le permite construir su confianza básica y seguridad en el mundo que le rodea. Este vínculo constituirá los cimientos de toda su afectividad y de su vida emocional futura.

Sin embargo, cuando el bebé ha de separarse de sus padres o cuidadores principales tempranamente, necesita establecer otro vínculo afectivo que le ofrezca la sensación de seguridad y confianza que el contacto con sus padres le ofrecían.

Es en este momento en el que los objetos de apego empiezan a tener una función en el mundo afectivo del bebé. Al perder el contacto casi permanente con sus padres, el bebé vincula con un objeto familiar, que le recuerde a lo que conoce, a sus padres. Este objeto le da la seguridad que le falta por la ausencia de sus cuidadores principales.

De esta manera, nuestros bebés occidentales necesitan objetos de apego porque la separación con sus padres se realiza de una manera temprana, antes de que estén preparados y maduros para ello.

Por este motivo, los bebés que viven en sociedades en las que esta separación temprana no se produce o los bebés occidentales que no han de separarse pronto de sus padres no necesitan objetos de apego. La relación casi permanente con sus figuras de apego hace completamente innecesario el vínculo afectivo con un objeto. Al estar con sus padres, no pierden la sensación de seguridad y confianza y, por ello, no necesitan restaurarla vinculando con un objeto.

Esto no quiere decir que el uso de objetos de apego constituya una conducta alterada o patológica en absoluto. Es una conducta normal en nuestros bebés como respuesta a unos requerimientos sociales peculiares de la cultura occidental.

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