Llevo varios días escribiendo sobre el tema de la autodefensa de los niños, de cómo acompañarles en el aprendizaje de la capacidad de defenderse a sí mismos de agresiones por parte de otros niños.

 

 

Ya he hablado de las formas naturales de defenderse y de la base de la indefensión aprendida. Sin embargo, creo que hay un tema esencial relacionado con el desarrollo de la capacidad de defenderse, porque considero que es la base del acompañamiento parental en el aprendizaje de esta habilidad.

 

 

Me estoy refiriendo a nuestra propia capacidad de defendernos, a cómo respondemos las madres y los padres a las agresiones o abusos por parte de otras personas, pues somos el modelo del aprendizaje para nuestros hijos.

 

 

Creo que es imprescindible (como en casi todo lo referente a la crianza) que hagamos un ejercicio de autoobservación como paso previo a plantearnos cómo acompañar a nuestros hijos en su desarrollo de habilidades de autodefensa.

 

 

¿Cómo gestionamos nosotras situaciones de abuso, de violencia o agresiones hacia nosotras mismas por parte de otras personas? Observar esto, definirlo y concretarlo es muy eficaz a la hora de comprender cómo lo gestionan nuestros hijos.

 

 

La manera en que nosotros respondamos a agresiones por parte de otros influirá, en buena medida, en la manera en que lo hagan nuestros hijos.

 

 

Esto no quiere decir que desde la primera infancia lo gestionen en base a nuestro modelo, pero sí que, a medio o largo plazo, ese aprendizaje influirá en su manera de protegerse ante posibles agresiones.

 

 

A veces nos es difícil, incluso, detectar situaciones de abuso o agresión. En primer lugar deberíamos pararnos a pensar qué situaciones abusivas o agresivas podemos experimentar.

 

 

La interacción con tu jefe, un empujón en el autobús, una mala contestación por parte de otra persona, un grito en una discusión… podrían ser algunos ejemplos.

 

 

Una vez detectadas las situaciones agresivas a las que estamos expuestas de manera cotidiana, debemos reflexionar sobre cómo respondemos a las mismas. ¿Nos callamos y permanecesmo expuestas? ¿Nos alejamos del agresor? ¿Agredimos al agresor? ¿Explicamos que no vamos a tolerar ese tipo de agresiones? ¿Pedimos ayuda a otra persona?

 

 

Todas las opciones anteriores, excepto callarse y permanecer expuesta a la agresión, son formas de autodefensa.

 

 

Hecho esto, debemos reflexionar sobre qué manera o maneras consideramos más beneficiosas para nuestros hijos como forma de defenderse. ¿Cómo nos gustaría que respondiesen nuestros hijos a una agresión?

 

 

Teniendo definidas nuestras formas de autodefensa y las maneras que deseamos para nuestros hijos, ya podemos hacer el ejercicio que nos permitirá ajustar los dos modelos: el real y el ideal.

 

 

Se trata de generar alternativas y opciones de gestión de la agresión acordes de manera realista a nuestras capacidades pero que tiendan al modelo ideal que deseamos para nuestros hijos.

 

 

De este modo, estaremos fomentando, con nuestro ejemplo, el desarrollo de habilidades de autodefensa que consideramos adecuadas en nuestros hijos.

Recomiendo:
 

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Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

Col. Núm. M26931

Consulta presencial (en Madrid) y online.

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