Nuestro papel en el desarrollo emocional de nuestros hijos

 

El bienestar emocional es un pilar básico en la vida de toda persona. La sensación de felicidad, el optimismo, la gestión de duelos y la canalización de la ira son aspectos fundamentales de nuestra calidad de vida.

 

De hecho, todos aspiramos a ser felices. De un modo u otro, nuestro deseo máximo es alcanzar la felicidad. Sin embargo, a muchos adultos les resulta tremendamente complicado.

 

En mi experiencia personal y profesional he podido observar cómo muchísimas personas tienen dificultades para identificar, aceptar o gestionar sus emociones y esto les genera tremendo malestar y, muchas veces, horas de terapia.

 

Y es que la educación emocional es la gran asignatura pendiente de nuestra cultura, pues nos centramos en otras esferas de la persona, como la física, la relacionada con la salud, la del razonamiento, pero olvidamos la emocional.

 

Y es nuestro mundo emocional tan importante como el resto, pues de él depende nuestro bienestar psicológico, que es el que nos permitirá funcionar en el día a día con motivación, equilibrio, armonía y confort.

 

Es el bienestar emocional el que facilitará que tengamos un buen concepto de nosotros mismos y esto posibilitará que establezcamos vínculos afectivos sanos con otras personas; así como fomentará nuestro entusiasmo por la vida y por lograr nuestros objetivos.

 

Asimismo, una buena gestión emocional nos permite enfrentarnos a los problemas, superar fracasos y manejar situaciones complicadas con mayor probabilidad de éxito.

 

Por ello, el desarrollo emocional en la infancia resulta esencial para el éxito y la satisfacción de la persona y los niños necesitan el acompañamiento adecuado por parte del adulto. Sin embargo, muchos adultos no saben cómo realizar este acompañamiento.

 

Para acompañar adecuadamente el desarrollo emocional durante la primera infancia, el adulto debe desarrollar ciertas habilidades relacionadas con la identificación y gestión de emociones, la empatía, la observación respetuosa, la capacidad de no juzgar, etc.

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