En un post anterior comenzaba señalando la educación orientada a la complacencia que la mayoría de nosotras hemos recibido.

 

Con ello me refería a la orientación a agradar siempre a los demás por encima de nuestros deseos y necesidades y cómo dicha orientación nos llevaba a no permitirnos expresar ciertas emociones desagradables o incómodas para los demás.

 

Al hilo de esta idea sobre la orientación a la complacencia quería reflexionar ahora sobre cómo se trata la cuestión de la complacencia con los niños pequeños.

 

En realidad, lo que generalmente se observa es que muchas madres y padres tienen un miedo tremendo a complacer a sus hijos.

 

Muchas madres y padres entienden que complacer a un hijo es convertirlo en un niño caprichoso, en un pequeño tirano, en un ser sobreprotegido, en un “niño mimado”. Por esto cuesta tanto complacer a los hijos.

 

Muchas madres y padres consideran que no complacer es educar bien, es positivo para el desarrollo y la formación de sus hijos, para que aprendan a tolerar la frustración y a soportar cualquier situación complicada que en su vida se les pueda presentar.

 

Así, se crían niños a los que se les complace muy poco y esto se traduce en escasas experiencias de éxito con sus padres. Consiguen pocas veces lo que desean, se les permite tomar pocas decisiones, a frustrarse constantemente.

 

Verdaderamente, así no se crían niños “mimados”, se crían niños “frustrados”, niños enfadados e insatisfechosque perciben el mundo como incontrolable.

 

Cuando un niño consigue muy pocas veces lo que desea, se desconecta de su poder de transformar sus circunstancias. Aprende que haga lo que haga no es capaz de lograr sus objetivos y esto reduce enormemente su motivación de eficacia. 

 

Así, estos niños se resignarán a los acontecimientos que vayan surgiendo sin intentar modificarlos, pues han aprendido a que van a fracasar.

 

Además, complacerán a los demás desde la óptica de la obediencia ciega y la sumisión y no podrán desarrollar el optimismo aprendido.

 

Cuando complacemos a los niños…

 

Por el contrario, cuando sí se complace a un niño se le está transmitiendo que es un ser valioso e importante, que merece ser amado y complacido. Este aprendizaje es imprescindible para el bienestar emocional de la persona.

 

El niño complacido aprenderá, desde la experiencia en sí mismo, a complacer a otros desde la perspectiva de la satisfacción que ello produce, pues es una manera de aportar satisfacción, apoyo y afecto a otra persona. Pero también aprenderá que él es digno de ser complacido, estableciéndose cierto equilibrio entre la complacencia a los demás y la autocomplacencia.

 

El niño complacido complace porque quiere complacer, no porque no haya aprendido otra opción.

 

No debemos tener miedo a complacer a nuestros hijos, pues la vida misma nos pondrá en muchas situaciones en las que nos será imposible complacerlos. El desarrollo natural de la vida asegura las experiencias de frustración y fracaso. Por tanto, debemos ser nosotros los que fomentemos experiencias de éxito y satisfacción.

 

Es más importante enseñarles a ganar que enseñarles a perder. 

 

¿Te gustaría vivir más feliz y transmitir a tus hijos optimismo y confianza en sí mismos?

 

 

Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

Col. Núm. M26931

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