En nuestra cultura es muy habitual la creencia de que ciertas acciones y actitudes de los padres hacen que los bebés sean dependientes. También se cree que la dependencia es un valor muy negativo que hay que evitar a toda costa.
Sin embargo, el bebé humano es el mamífero que nace más inmaduro de la naturaleza y esta inmadurez le hace ser intrínsecamente dependiente de su cuidador durante varios años.
El recién nacido es completamente dependiente de su cuidador (generalmente, sus padres) para alimentarse, cobijarse, protegerse del frío o del calor, desplazarse, relacionarse con otros, etc. Y esta dependencia continúa así durante meses, siendo más evidente a lo largo del primer año de vida del bebé.
Sin embargo, el mensaje que la sociedad en general hace llegar a los padres que se encuentran criando a sus bebés es que deben hacer todo lo posible por fomentar la independencia del pequeño casi desde que nace. Esto se materializa en que no deben coger a su hijo en brazos, no deben responder a su llanto, no deben ayudarlo a dormir, entre otras cosas.
Así pues, nos encontramos ante una contradicción importante, pues se nos recomienda negar al bebé una característica esencial de nuestra especie. Tratar de que un bebé sea independiente es tan absurdo como tratar de que ese mismo bebé camine a los 4 meses de edad. ¡No puede!
Esta contradicción causa muchos problemas a padres e hijos. Por una parte, los padres se culpabilizan por tomar en brazos a su bebé “demasiado”, responder a su llanto rápidamente, ayudarles a dormir meciéndolos entre sus brazos o durmiendo con ellos, pasearlos pegados a su cuerpo en un fular o una bandolera en vez de en el cochecito, etc. Es decir, los padres dudan de su forma de criar, su entorno les recomienda que hagan lo contrario a lo que les dice su instinto y esto genera mucho malestar.
Esta contradicción también es muy negativa para el bebé, que ve reducida la respuesta a sus necesidades por parte del adulto.
La necesidad de contacto y de afecto es tan importante para el desarrollo del bebé como alimentarse o descansar. La sobrevaloración de la independencia limita la respuesta a esta necesidad. No tomar al bebé en brazos o dejarlo llorar afectan muy negativamente a la construcción del apego del pequeño, esencial en la primera infancia.
Asimismo, la ausencia de respuesta a las necesidades afectivas del bebé afectan negativamente a su seguridad básica, al sentimiento de que el mundo es un lugar seguro en el que poder desarrollarse y desenvolverse. Si su figura de apego (normalmente, la madre o el padre) no responde al su llanto, éste se siente indefenso. Necesita a sus padres para interactuar de forma segura en su entorno.
De hecho, si observamos el desarrollo evolutivo de los niños, no es hasta los 6-7 años de edad cuando alcanzan un nivel de desarrollo motor, del lenguaje y del pensamiento que les permite actuar con independencia.
Si bien es cierto que la autonomía de los niños puede fomentarse antes de esa edad, debe hacerse de acuerdo con las posibilidades evolutivas de cada niño. Se debe pedir a cada uno acciones para las que esté capacitado.
Entonces, ¿por qué se valora tanto la independencia y se trata de que los bebés la adquieran precozmente? Pues bien, si partimos de que nuestra sociedad es una sociedad individualista, competitiva y consumista, es lógico que se valore la independencia de las personas. La independencia del bebé garantizaría la independencia de los padres. Si el bebé necesita cada vez menos a sus padres, éstos tienen un espacio mayor para actuar de manera independiente.
Además, el valor que se le da en nuestra cultura al trabajo y la organización del mismo hace que la madre tenga que separarse precozmente de su bebé, cuando éste no tiene más que 4 ó 5 meses. Esto genera mucha presión a las familias porque saben que tendrán que dejar a su bebé en una guardería o con otra persona a su cargo. Esta presión muchas veces hace que los padres traten de “preparar” a sus pequeños para ese momento, intentando fomentar su autonomía antes de tiempo.
En conclusión, los bebés son dependientes por naturaleza. Para una crianza feliz y tranquila debe respetarse esa dependencia natural. Si se respeta el tiempo que los niños necesitan para crecer y desarrollarse y se les permite ir adquiriendo autonomía progresivamente, de acuerdo con sus habilidades en cada momento, los niños llegarán a ser autónomos. Pero habrán construido esta capacidad sobre una base emocional sólida, un buen nivel de autoestima y seguridad en uno mismo y un buen vínculo afectivo con sus padres y personas de su entorno.