Entendiendo el sueño del bebé

El sueño del bebé es una de las grandes preocupaciones de los padres. Un elevado porcentaje de padres consultan a especialistas a causa del sueño de su bebé. Otros muchos no consultan a profesionales, pero es uno de los temas que más protagonismo cobran en conversaciones familiares o entre madres y padres.
Puesto que este tema parece ser una cuestión ciertamente problemática, es necesario plantearse qué es lo que sucede en realidad. Obviamente, no es lógico pensar que la mayoría de los bebés duermen de manera inadecuada desde su nacimiento. Sería más razonable plantearse que tal vez estamos partiendo de una idea equivocada al analizar el sueño del bebé.
En primer lugar, debemos ser conscientes de que nuestra forma de dormir no es natural. Tratar de dormir durante un período único, largo y sin interrupciones una vez al día, coincidiendo durante la noche no se corresponde con las necesidades biológicas de nuestra especie. Más bien, se corresponde con los requerimientos que las condiciones sociolaborales de nuestra cultura nos imponen.
El pasar todo el día en vigilia, con energía, respondiendo a nuestras obligaciones y, después, dormir entre 6 y 8 horas durante la noche es una imposición cultural, no una necesidad biológica. De hecho, en su estudio sobre patrones de sueño en el ser humano, James McKenna encontró que los humanos somos dormidores bifásicos, es decir, que necesitamos dormir durante dos períodos diferentes a lo largo del día: el período nocturno y una siesta durante la tarde.
Así pues, los adultos, muchas veces, no somos conscientes de nuestras necesidades reales de sueño y descanso, nuestras expectativas sobre nuestros patrones de sueño son poco realistas y esto lo trasladamos a nuestras expectativas sobre el sueño de los bebés: queremos que el bebé duerma 6 u 8 horas seguidas durante la noche, acomodándose a las imposiciones sociolaborales de los adultos.
En segundo lugar, para comprender el sueño del bebé, éste debe entenderse como un proceso evolutivo que se desarrolla, madura acorde con la edad. El sueño no es un proceso estático.
La inmadurez neurofisiológica del recién nacido afecta a sus patrones de sueño-vigilia, que son breves e indiferentes durante el día y la noche. Su necesidad de comer frecuentemente para evitar hipoglucemias no les permite dormir durante períodos prolongados. Asimismo, su necesidad de contacto con su cuidador principal y su necesidad de succión contribuyen a que no puedan dormir durante períodos demasiado largos de tiempo.
Después del tercer mes de vida, aproximadamente, el sueño del bebé comienza a ser menos desorganizado, más predecible. Pero no es hasta los 6 meses de edad cuando el bebé comienza a diferenciar el día y la noche. Sin embargo, el sueño del bebé continua madurando y hacia los 6 años de edad empieza a parecerse al sueño del adulto, concentrando la mayor parte de su sueño durante la noche. Por lo tanto, el sueño del bebé ha de evolucionar y madurar a su ritmo, no al ritmo que nos gustaría a los adultos.
Debemos ser conscientes de las necesidades y características biológicas de los patrones de sueño y vigilia de los bebés para no tener expectativas irreales sobre los mismos ni tratar de modificarlos a través de técnicas inapropiadas.
Si analizamos nuestras expectativas sobre el sueño y la necesidad de evolucionar y madurar de este proceso en la primera infancia, entenderemos mejor la forma de descansar de nuestros bebés y podremos responder adecuadamente a sus necesidades

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