La crianza enjuiciadora, la educación basada en juicios, hace que la persona acabe creyendo que sus afirmaciones vitales son siempre incorrectas, que sus respuestas espontáneas no valen y que acabe buscando siempre que otro le diga cómo es la vida correcta.

Cuando nos han criado juzgándonos positiva y negativamente acabamos creyendo que nuestras afirmaciones vitales, las que son esencialmente nuestras o espontáneas de nosotros, son incorrectas, no valen. Necesitamos la opinión y el juicio externo para estar seguras. Es siempre otro el que nos va a indicar cómo es la vida correcta.

¿Qué sucede con esto? Que la falta de confianza en el criterio propio se hace patente. La persona no confía en su criterio, confía en el de los demás, porque nunca se le permitió confiar su criterio. Si siempre se le juzgó y se le dijo “esto bien” o “esto mal”, la persona va a buscar el criterio fuera a la hora de tomar una decisión, a la hora de formarse una opinión.

La comunicación que juzga está transmitiendo la falta de aceptación a la persona, al ser del otro y al criterio del otro. Por eso nos desconecta de nosotros mismos, nos orienta hacia el criterio exterior y nos impide ver lo que somos y lo que queremos.

Es muy difícil que logremos detectar espontáneamente los objetivos auto-concordantes, porque no los hemos podido ni mirar, ni observar porque nos basamos en el criterio externo, en lo que nos comunica el exterior.

Las descalificaciones a la propia espontaneidad nos desconectan de nosotros mismos. Cuando un niño es espontáneo y se le descalifica lo que ha realizado espontáneamente, esto le va desconectando de sí mismo porque le va negando su espontaneidad.

La espontaneidad infantil es lo que el niño es, ahí está su esencia, y cuando la descalificamos le vamos desconectando de sí mismo. No quiere decir con esto que no podamos poner un límite. El límite hay que ponerlo cuando sea necesario, pero no es una descalificación. De hecho, el límite si se convierte en descalificación no vale.

La descalificación es un juicio negativo, en este caso la propia espontaneidad. “No hagas esto” es un límite, pero “qué torpe eres” es una descalificación. No significa que permitamos absolutamente todo, los límites están ahí, pero que comuniquemos el límite o comuniquemos lo que no nos gusta sin descalificar a la persona. Vamos a ver cómo un poquito más adelante.

Según un estudio realizado en Estados Unidos, el 80% de la comunicación de padres a hijos son descalificaciones. Es un porcentaje extremadamente alto. El 80% de las interacciones comunicativas de los padres hacia sus hijos son descalificaciones Esto significa que muchos padres pasan el 80% de sus interacciones con sus hijos corrigiéndoles, regañándoles, descalificándoles.

Probablemente lo hacen con muy buena intención, la mayoría de ellos quieren educar a sus hijos y que sus hijos se conviertan en personas de provecho. Y para ello les van guiando, van desconectando al niño de sí mismo por la falta de aceptación a lo que el niño es, y por la falta de confianza de que el niño desde su espontaneidad se convertirá en una persona válida. Todo esto parte de la idea de que al niño si no se le pauta, se le guía, se le condiciona o se le moldea, no será una persona válida en el futuro.

Si confiamos en que el niño desde su propia naturaleza, desde su propia espontaneidad con nuestro acompañamiento, pero sin una guía tan directiva, se convertirá en una persona válida, perderemos el miedo a que el niño si se malcríe o se convierta en una mala persona, y descalificaremos menos. Parte de una idea socialmente transmitida, que es que el niño si no se le corrige o modifica, se convertirá en una mala persona o en un ser asocial.

 

Mónica Serrano Muñoz

Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

Col. Núm. M26931

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