Muchas personas llegan a mi consulta expresando un enorme pesarpor sentirse casi constantemente enfadadas con sus hijos.

 

Desde primera hora de la mañana, indican, empiezan los enfados: porque no quieren vestirse para ir al colegio, porque no quieran tomarse el desayuno, porque su ritmo les hace llegar tarde… Comienzan el día enfadándose.

 

Después, comentan, más enfados: porque no recogen sus juguetes, porque no se quieren bañar, porque quieren seguir jugando en vez de ir a cenar…

 

Se encuentran cientos de motivos de enfado a lo largo de cada día durante los siete días de la semana.

 

Y, finalmente, agotadas y frustradas, estas personas deciden que no quieren seguir así, que el estar permanentemente enfadándose sólo les genera malestar a ellas y a sus familias. Y deciden tomar acción, buscan información o ayuda para dejar de enfadarse tanto.

 

Lo que les hace tomar esta decisión a estas personas es la frustración de no lograr nada positivo. Porque la ira, el enfado, tiene funciones, tiene como objetivo proteger a la persona de posibles amenazas o eliminar los obstáculos que frustran la consecución de los propios objetivos.

 

Pero en el caso de los enfados con los hijos, quizás a muy corto plazo el adulto logra lo que desea, pero a medio y largo plazo esto no es así. La ira en la familia, con los hijos, expresada en forma de enfados, gritos o amenazas, pierde el sentido de la función de esa emoción, pues la interacción agresiva de padres hacia sus hijos no tiene, en ningún caso, consecuencias positivas para la persona que se enfada, si no todo lo contrario.

 

El enfado con el niño, expresado de manera agresiva o en modo de retirada de afecto, genera desconfianza en la relación, miedo en el niño, rechazo, más ira. Desde esta situación emocional es prácticamente imposible construir interacciones positivas. 

 

Quizás el niño obedezca, motivado por el miedo que le genera el enfado del adulto o por evitar dicho enfado y la retirada de afecto, pero no está aprendiendo nada ni sintiéndose parte del grupo familiar con el que desea colaborar.

 

Por lo tanto, el enfado puede “resolver” a corto plazo un problema concreto pero, a medio y largo plazo, incrementa los problemas, pues complica y estropea la relación familiar.

 

Desde esta perspectiva, reducir el número de enfados, desde el punto de vista del que se enfada, es la base del cambio. Cuando nos dejamos de enfadar tantas veces, empezamos a ser capaces de buscar soluciones alternativas al enfado, estrategias de gestión diferentes, positivas y empáticas, que nos permitirán construir con nuestros hijos interacciones familiares más satisfactorias.

 

Con esto no quiero decir que tratemos de lograr eliminar la totalidad de nuestros enfados. Realmente esto sería imposible y desadaptativo. Los enfados sirven para el que se enfada, pues le alertan de que algo no está funcionando bien. Pero si nos quedamos sólo ahí, el enfado n sirve de nada. 

 

Sin embargo, si el enfado nos impulsa a analizar qué nos está perturbando, qué queremos conseguir y cómo podemos lograrlo de manera asertiva, el número de enfados se reducirá de por sí y empezaremos a buscar estrategias asertivas y empáticas para mejorar nuestras experiencias, situaciones e interacciones.

 

¿Te gustaría enfadarte menos con tus hijos? ¿Estás decidida a tomar acción para lograr gestionar tu ira de manera asertiva, empática y constructiva? Si es así, no dudes en consultar mi Programa