La ira es la emoción que surge cuando percibimos (o interpretamos) que algo o alguien está obstaculizando que logremos nuestros objetivos. También surge como reacción ante la percepción (o interpretación) de peligro, amenaza o cuando nos sentimos atacados.

 

Surge, asimismo, cuando nos sentimos vulnerables en una situación o interacción, cuando nos sentimos ofendidos o cuando percibimos que otro no está respetando nuestros derechos.

 

Así pues, las situaciones o experiencias que pueden generarnos ira son variadas y muchas de ellas pueden producirse en el ámbito familiar, con nuestros hijos.

 

Que sintamos ira en algunas situaciones con nuestros hijos, que algunas de sus acciones nos enfaden o que en la interacción con ellos, en ocasiones, nos sintamos airados es normal.

 

Enfadarse, sentir ira en la relación con otros no es negativo en sí mismo, forma parte de la relación. Lo que marca que tenga consecuencias positivas o negativas es nuestra manera de gestionarlo.

 

Por tanto, partimos de la idea de que enfadarse o experimentar ira en algunas situaciones con los hijos es natural y no tendría por qué ser problemático.

 

Sin embargo, cuando expresamos nuestro enfado con nuestros hijos de manera agresiva, las consecuencias de la ira sí son negativas para el niño.

 

En este artículo me quiero centrar en una de estas consecuencias negativas para el niño, relacionada con su desarrollo emocional.

 

Cuando un adulto de referencia descarga su ira de manera agresiva contra su hijo, el niño recibe un mensaje aterrador: mi amor por ti, mi protección y muy cuidado dependen de tu comportamiento. Si no te comportas como yo quiero, te retiraré mi afecto.

 

Este mensaje, transmitido a una persona que (por su edad) depende de otra para casi todo, genera una intensa desconfianza.

 

Probablemente, en principio, el niño obedecerá, hará lo que el adulto quiere para conservar su afecto, pero no desde la confianza si no desde el miedo a perderlo. 

 

Esto sienta las bases de un desarrollo emocional dependiente, inseguro, ansioso en el niño, así como vulnera el autoconcepto del niño y daña su autoestima.

 

Los gritos, las amenazas, las etiquetas despectivas o lo castigos son algunas maneras agresivas de expresar la ira contra los hijos que transmiten a los niños ese mensaje. Cuando gritamos, castigamos o despreciamos a otra persona estamos transmitiendo, en ese momento, una ausencia total de afecto a la persona.

 

El niño interioriza que cuando no se comporta como el otro quiere, deja de ser amado (aunque sea de manera transitoria). Esto se traduce en que para ser querido por los demás, debe comportarse como ellos quieran, aunque esto suponga no escuchar sus propios deseos. Esto le desconecta de sí mismo, de sus emociones, de sus necesidades reales.

 

Con todo esto no quiero decir que haya que evitar el enfado y la ira. Lo que quiero transmitir es que es importante que el enfado y la ira se expresen de una manera no agresiva.

Mónica Serrano Muñoz
 
Psicóloga especializada en Maternidad y Crianza Respetuosa

 
Col. Núm. M26931 

 
Consulta presencial (en Madrid) y online.

 
Petición de cita en: psicologa@bambulah.es o en el número  636 864 379.

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