Muchas de las que somos madres lactantes hoy en día, somos hijas de mujeres que vivieron el comienzo de su maternidad en la época del boom del biberón. Por ello, muchas de nuestras madres no dieron el pecho o amamantaron a sus hijos durante 3 ó 4 meses solamente.
Cuando nuestras madres nos tuvieron a nosotras, había una tendencia social muy fuerte que potenciaba la alimentación de los bebés con leche artificial. Ellas eran de las primeras generaciones de mujeres “liberadas”, que salían al mercado laboral buscando la igualdad de derechos con los hombres.
En este proceso de cambio social que vivieron nuestras madres en primera persona, en el cual tenían que esforzarse para romper las barreras sociales que impedían que se les valorase equitativamente con los hombres, las mujeres tuvieron que sacrificar muchas cosas.
Una de ellas fue la lactancia. Las mujeres creyeron que dar el pecho era un obstáculo para su salida al mercado laboral. Además, socialmente había una potente campaña de desprestigio a la lactancia materna que apoyaba con fuerza la alimentación con leche artificial.
En todo esto, es lógico que muchas mujeres de la época de nuestras madres (años 70 y 80) renunciasen a la lactancia materna, pues el mensaje que recibían de su entorno es que la lactancia artificial era mucho mejor.
Al mismo tiempo, la sociedad de consumo se consolidaba a pasos agigantados. La lactancia artificial era un agente perfecto para incrementar el consumo de objetos innecesarios: biberones, leche de fómula…
De esta manera, muchos de nuestros hijos son nietos de mujeres que no amamantaron, que sólo dieron biberón.

¿Cómo afecta todo esto a la lactancia materna hoy en día?

El hecho de que nuestras madres no amamantasen o sólo lo hiciesen durante unos pocos meses y la huella que les ha dejado la presión social pro lactancia artificial que experimentaron en su juventud tiene aún hoy consecuencias sobre la lactancia materna.
Cuando tenemos nuestro primer hijo, el modelo de referencia más inmediato que tenemos en la crianza es nuestra madre, generalmente. Asímismo, es nuestra madre, normalmenta, la mujer que más nos acompaña en el postparto y el puerperio. Es ella a quien pedimos consejo e información en primer lugar y es ella la que nos ofrece un marco seguro desde el que iniciar la crianza de nuestro bebé.
Sin embargo, cuando nuestra madre es una mujer que no dio el pecho o lo hizo sólo durante muy pocos meses y, además, estuvo fuertemente presionada en contra de la lactancia materna, es muy difícil que nos pueda ayudar o acompañar en los inicios de la lactancia.
La experiencia personal de estas mujeres y los argumentos que las convencieron para no dar el pecho siguen estando ahí. En el fondo, el enfoque desde el que se relacionan con la lactancia y la alimentación del bebé sigue estando muy marcado por lo que vivieron y aprendieron en su maternidad.
Así, cuando las hijas de estas mujeres deciden amamantar a sus bebés, las madres (abuelas del bebé) se encuentran perdidas, no pueden aconsejar a sus hijas, pues ellas no amamantaron. Esto hace que las hijas, a su vez, también se encuentren un poco perdidas, al no tener un modelo cultural de referencia en cuanto al amamantamiento se refiere.
En muchas ocasiones, las madres recientes buscan la información y el consejo que sus madres no pueden darles en otras mujeres, como amigas, doulas o asesoras de lactancia.
Pero no todo termina aquí. El problema que suele surgir al inicio de la lactancia es que la madre transmite a su hija los argumentos pro lactancia artificial que, en su día, le transmitieron a ella. Argumentos del tipo: se queda con hambre, no tienes suficiente leche, se va a deshidratar, no sabes la cantidad de leche que toma o puede estar tomando menos de lo que necesita, son algunos de los argumentos que estas mujeres recibieron y creyeron y ahora transmiten a sus hijas.
Para una madre primeriza, que recién ha dado a luz, que está cansada, con el estado de ánimo muy fluctuante, sensible y tratando de hacer lo mejor para su bebé, estos comentarios pueden ser muy dañinos, pues pueden generarle mucha inseguridad, miedo y desconfianza en el amamantamiento de su bebé, complicando la instauración de la lactancia materna que, muchas veces, ya es complicada de por sí.
Por todo esto, considero esencial la reflexión sobre cómo nos criaron nuestras madres, qué presiones y tendencias había en su época para las mujeres y qué experiencias y creencias las mueven cuando se relacionan con la crianza de sus nietos. De esta manera, la madre de hoy podrá actuar con seguridad en lo que hace, sin que la fuerte tendencia anti lactancia materna que experimentó su madre influya también en ella.